Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Mentiroso mentiroso

Basta de política, me tienen harta! Tengo 10 años, así que conmigo no tienen suerte porque no me dejan votar!”, gritó mi hija Clarita, entre irritada y burlona, a un anónimo interlocutor telefónico que había llamado a casa.

Sorprendida, me contó que una voz desagradable le había dicho que un precandidato a la presidencia se emborrachaba, era drogadicto y estaba desesperado porque caía en las encuestas. Recién ayer de mañana escuché la grabación de esas inefables llamadas, que reprodujo el programa Las cosas en su sitio, de Sarandí. Esto se suma a las denuncias de la semana pasada, en que se difundió que otra falsa encuesta telefónica agraviaba y declaraba perdedor a otro precandidato del mismo partido.

La verdad es que trabajo en comunicación política desde el año 1984 y nunca, nunca en más de tres décadas de carrera, había visto un ejercicio tan deshonesto y ruin de mi profesión.

Ya no solo se transgrede aquella máxima de “duro con las ideas, nunca con las personas”. Ya no solo se lo hace desde la cobardía del anonimato. Con estos ejemplos se ha llegado a algo aún más inmoral que ocultar la fuente de información: se inventa una inexistente a la que se atribuye un halo de credibilidad y se la usa para transmitir falsedades, con la excusa de estar realizando una encuesta.

Se equivocan feo los políticos que minimizan estas acciones espurias por interpretarlas como demasiado obvias. Si bien es cierto que a las personas informadas esto nos parece una payasada, no lo es menos que tales llamadas no se dirigen a nosotros, sino a una enorme cantidad de hogares de gente desinformada y desinteresada de la política, que es presa fácil de estas operaciones de enchastre. Entonces no dudo que su influencia es poderosa y nefasta.

Y ya no se trata de la cobardía anónima de un tuit o un meme que se manda por whatsapp. Las maniobras han incluido truchar un libro, para hacer aparecer allí la falsa confesión de un delito y encima enviarlo a través de un perfil falso de un candidato opositor. Y divulgar una noticia tendenciosa supuestamente aparecida en Los Ángeles Times, luego desmentida por esa publicación.

Como bien señalaba Tomás Linn en su columna del domingo pasado, la complejidad de estas operaciones demuestra que no son obra de un fanático irresponsable, de uno de esos loquitos intolerantes que pastan en las redes sociales. Esta es una maniobra realizada profesionalmente, por expertos que entienden de comunicación de masas y carecen del más elemental marco ético.

Me cuesta creer que un país con la tradición del nuestro en lo que hace a la responsabilidad de sus comunicadores sociales, incurra en semejante bochorno.

De todas maneras, sería muy positivo que las dos instituciones que nos nuclean, la Asociación Uruguaya de Agencias de Publicidad y el Círculo Uruguayo de la Publicidad, condenaran en forma explícita estos delitos de lesa comunicación. ¿Quién está detrás de semejantes aberraciones? ¿Por qué se ensañan particularmente contra dos competidores de la interna nacionalista? Tal vez el precandidato Sartori deba explicar qué está haciendo por su campaña un asesor extranjero, conocido como “el mago de la propaganda negra” y experto en “rumorología”, quien incluso ha reivindicado públicamente la validez de diseminar rumores para alcanzar objetivos políticos.

Sería bueno que aclarara si este modus operandi forma parte de “la renovación” que propone con tanta vehemencia.

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