Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Mártires clase B

Quienes padecimos en mayor o menor medida la represión política de los años setenta, asistimos a los acontecimientos actuales de Venezuela como a una película repetida. Un gobierno autoritario fracasa estrepitosamente, porque en su soberbia cree que la realidad económica se debe adaptar a su mesianismo.

Quienes padecimos en mayor o menor medida la represión política de los años setenta, asistimos a los acontecimientos actuales de Venezuela como a una película repetida. Un gobierno autoritario fracasa estrepitosamente, porque en su soberbia cree que la realidad económica se debe adaptar a su mesianismo.

La gente sale a la calle a protestar. Las manifestaciones son reprimidas. Se asesina a estudiantes desarmados. Finalmente se pretende justificar lo injustificable a través de teorías conspirativas: que la oligarquía, que el imperialismo…

Ayer escuché por la radio la opinión de un politólogo argentino que me dejó perplejo. No dijo una palabra sobre los viles asesinatos que la represión gubernamental perpetró en Venezuela. Comenzó su alegato dando una visión edulcorada de los logros sociales y económicos del chavismo, como paso previo a expresar que la oligarquía y el gran capital propiciaron una supuesta estrategia de desabastecimiento para que, con el acicate de los perversos medios de comunicación, la gente saliera a la calle a protestar, sin darse cuenta de que vivía en el mejor país del mundo.

Asombra escuchar tantas estupideces, tanta distorsión burda de la verdad. Resulta que la falta de papel higiénico no se debe, como dijo el inefable ministro de economía venezolano, a que ahora la gente come mucho y entonces lo tiene que usar más seguido. Según el analista, dicha carencia obedece a la conspiración siniestra de unos villanos de traje, corbata y colmillos, que quieren hacer caer al gobierno a través de una estrategia de rebelión de esfínteres. Que lo postule una persona ignorante que fue manijeada desde chica con ideologías maniqueas ya perimidas, sería comprensible.

Pero que lo diga un académico, estudioso de la ciencia política, que es entrevistado por un medio de comunicación, habla a las claras de la pobreza intelectual que avanza por estos lares.

Cuando uno escucha tales invenciones no puede menos que pensar en Joseph Goebbels, el ministro de propaganda nazi que formuló el llamado “Principio de simplificación y enemigo único”, consistente en “individualizar al adversario en un único enemigo”. En el caso de Goebbels, eran los judíos. En el de Venezuela, la oligarquía.
Algunas de las ideas del brillante y maligno personaje calzan perfecto con esta moda latinoamericana de justificar lo execrable: “Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan”. “Convertir cualquier anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave”. “Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar”. “La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente”.

Todas técnicas de una sencillez inquietante, que fueron útiles para consolidar en el poder a un tirano genocida.

Del otro lado del espectro ideológico, la Federación de Estudiantes Universitarios se suma al vergonzante coro “bolivariano”, como si los muchachos muertos fueran víctimas reales o meros daños colaterales, según de qué ideología sea quien dispara el fusil. Integrantes de nuestro gobierno recurren al expediente sencillo de declarar que como no se puede saber desde acá, es difícil opinar, como si las declaraciones de organizaciones de derechos humanos (el caso de Amnesty) no fueran concluyentes.

Existe una especie de pánico de ser acusado de “hacerle el juego a la derecha”, y en nombre de él, muchos son capaces de cerrar la boca, los ojos y los oídos a la injusticia. Los autoritarismos de izquierda no compran a sus alcahuetes con dinero: los coaccionan con la amenaza de dejarlos fuera del tonto círculo de la corrección política.

El sentido crítico de estos uruguayos se mimetiza con el pensamiento binario de los barrabravas. La valoración ya no se hace por los sucesos en sí, sino por el molino a los que estos alimentan. Con ello desdibujan los códigos de convivencia que dan vida a la democracia y, en última instancia, avalan la forma irracional y prepotente de relacionarse entre iguales, que gana cada vez más terreno en nuestra sociedad, desde la violencia de género hasta la acción delictiva.

Ojalá que las generaciones como la mía, aun anestesiadas moralmente por prejuicios ideológicos del pasado, den paso a otras más libres, que no se dejen amedrentar por los gorilas que se disfrazan de revolucionarios.


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