Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Mao a la uruguaya

El tema parece menor, pero es indicativo de las causas profundas del deterioro educativo y, en última instancia, de la ideología que nos gobierna. El diputado oficialista Enzo Malán propone modificar el criterio de selección de los abanderados en las escuelas.

El tema parece menor, pero es indicativo de las causas profundas del deterioro educativo y, en última instancia, de la ideología que nos gobierna. El diputado oficialista Enzo Malán propone modificar el criterio de selección de los abanderados en las escuelas.

En la era prehistórica, cuando quien esto escribe iba a la escuela, la designación de los que portarían los símbolos patrios respetaba en forma estricta el ranking de los alumnos mejor evaluados. Ahora nos enteramos de que, desde 1989, se establece un paso intermedio: los estudiantes con más altas calificaciones se someten al voto de los compañeros de clase. Allí se da una primera distorsión: el desempeño académico sirve como primer filtro, pero la decisión final pasa por valores como compañerismo, simpatía, encanto personal. No me cuesta deducir que los chicos más tímidos o aquellos que son víctimas de bullying, quedan fuera de carrera. La propuesta que se escucha hoy lleva la injusticia aún más allá. El diputado Malán señala que la condición de abanderado “no debería ser un premio para pocos; se tendría que garantizar el acceso de todos y de todas”.

Se trata de una reveladora síntesis de la ideología que desmontó la última reforma educativa seria que tuvo el país -la de Germán Rama- reemplazándola por un sistema burocrático, de pésimos resultados según las pruebas internacionales, que expulsa a los más débiles y acentúa la fractura social. Parece obvio que si dejamos de premiar el desem-peño académico, estaremos transmitiendo la idea de que este no vale. Es el mismo relativismo moral exhibido por una directora de liceo, al felicitar a la profesora que soportó estoicamente cómo un alumno la insultaba durante la hora de clase, porque si lo hubiera obligado a retirarse del aula, habría “lesionado su derecho a la inclusión educativa”. En lugar de atender en forma personalizada el grave problema relacional de ese muchacho, se “respetan” sus dudosos derechos de negarse a aprender y de impedir que sus compañeros lo hagan.

La nueva propuesta, voluntariamente o no, apunta a invisibilizar al que estudia, al que se prepara, al que se sacrifica para mejorar. Persuade al alumno de que su empeño por superarse no es encomiable e instala el paradigma contrario: si estudiás, embromate. Es la misma filosofía detrás del “que pague más el que trabaje más”, tan distinto al “que tenga más” siempre invocado.

La justificación de los promotores de la idea es que los que se destacan, lo logran debido a que parten de situaciones sociales o económicas favorecidas; un mero prejuicio, desmentido por la movilidad social que habilitó la educación pública desde José Pedro Varela y durante la mayor parte del siglo XX. También opinan que el premio al esfuerzo desalienta a quienes ostentan otros talentos, como el artístico o deportivo, o a los estudiantes discapacitados. Pero en uno y otro caso, el docente puede tener en cuenta esos factores a la hora de otorgarles sus calificaciones.

En el fondo, privar de una distinción a quien la merece se origina en una mentalidad colectivista. Otro avance de la ideología sobre la libertad.

Los talentos y las virtudes no merecen ser reconocidos, aunque el artículo octavo de la Constitución diga lo contrario. En tan peculiar interpretación de la inclusión, más que impulsar a los rezagados con el ejemplo de los que se destacan, se apuesta a uniformarlos a todos.

Mao estaría encantado.

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