Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Mantener chetos

La iniciativa unánime de la bancada oficialista, para impedir que las universidades privadas reciban donaciones empresariales descontables de impuestos, es un ejemplo cabal de la desinformación y los prejuicios ideológicos que se adueñaron del país.

La iniciativa unánime de la bancada oficialista, para impedir que las universidades privadas reciban donaciones empresariales descontables de impuestos, es un ejemplo cabal de la desinformación y los prejuicios ideológicos que se adueñaron del país.

Los disparates que se han leído en estos días sobre el tema son de antología. Un editorial de La Diaria define a estas instituciones como “empresas privadas con fines de lucro”, desconociendo que son todas asociaciones civiles sin fines de lucro y debidamente controladas por el Ministerio de Educación y Cultura.

En El Observador, un diputado socialista ha sugerido a las universidades privadas que, si necesitan recursos, bajen los sueldos de sus rectores, en un arranque de pensamiento mágico que hubiera ruborizado a García Márquez. Por ahí circula la foto de una chica levantando un cartel que dice textualmente “Dejemos de mantener chetos”, como si a estas instituciones no concurrieran personas trabajadoras, muchas de ellas becadas, que las pagan con un enorme esfuerzo, ejerciendo su legítimo derecho a elegir dónde formarse como profesionales.

Si la soberbia intelectual es un pecado, la soberbia ignorante es una calamidad. Es anodina si la ejerce un ignoto disparador de insultos en Facebook, pero es letal cuando la emplea la bancada mayoritaria del país para destruir el sistema educativo.

En el país donde se reparten manuales que sugieren a los docentes que revelen a los estudiantes asuntos de su vida privada, donde el estado vende porros en las farmacias, donde las drogas de síntesis son sometidas a “controles de calidad” en lugar de reprimir su venta y educar sobre sus riesgos, donde un sindicato estudiantil que explota la fotocopiadora de una facultad, promueve una ley para su propio beneficio, sin importarle que avasalle los derechos de autor, donde los técnicos más capaces para reformar la educación son echados en beneficio del statu quo, en este bendito país, que ya no es el de José Pedro Varela sino el del Quincho de Varela, todo es posible.

Ciertos iluminados del FA, que se solazan en contradecir un día sí y otro también al Presidente y a su ministro de Economía, ahora ponen una nueva piedra en el camino al chiquilín que desearía recibirse, por ejemplo, de licenciado en Gestión Cultural, y no tiene para lograrlo otra alternativa que una institución privada, el Claeh Se inspiran en la filosofía de boliche del presidente más pobre del mundo, que se preciaba de que a él lo votaban los que no sabían un pito de inglés y no los “platudos y cajetillas”, ni la “burguesía que llena el shopping en la noche de los descuentos”, ni los “bachilleres que creen que se las saben todas”, ni los intelectuales “que nunca levantaron un balde de mezcla en su vida”.

La misión de instalar el desprecio hacia la cultura académica y el espíritu de superación personal está cumplida. Lograron estigmatizar la libertad de elección educativa y el esfuerzo por pagar la formación que cada uno considere mejor. Instalaron la idea de que la universidad pública es gratuita, omitiendo que no solo la paga toda la sociedad -aun quienes nunca podrán acceder a ella- sino que además se vuelve a abonar y con creces, a través de un impuesto que exprimirá al egresado de por vida, eufemísticamente llamado “fondo de solidaridad”.

Ahora quedamos expectantes de la solitaria rebeldía a este despropósito, por parte del ministro de Economía. Si como en otras ocasiones vuelve a perder la pulseada, cerrá y vamos.

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