Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Ludo de oro

Quienes no somos muy afectos a Twitter, nos quejamos de la limitación de los 140 caracteres, que casi siempre impiden desarrollar un concepto con la profundidad necesaria y hacen que el remitente desvirtúe su pensamiento con simplificaciones exageradas. Por eso, cuando en la concisión del tuit se logra una perla de ingenio, cargada de significación, vale la pena destacarlo. Esto es lo que sentí cuando leí uno de un abogado que firma como “Dannyvile”: “Estoy podrido de que mi billetera sea siempre un daño colateral de la guerra interna del FA”. ¡Cuánta verdad en menos de 60 caracteres!

Quienes no somos muy afectos a Twitter, nos quejamos de la limitación de los 140 caracteres, que casi siempre impiden desarrollar un concepto con la profundidad necesaria y hacen que el remitente desvirtúe su pensamiento con simplificaciones exageradas. Por eso, cuando en la concisión del tuit se logra una perla de ingenio, cargada de significación, vale la pena destacarlo. Esto es lo que sentí cuando leí uno de un abogado que firma como “Dannyvile”: “Estoy podrido de que mi billetera sea siempre un daño colateral de la guerra interna del FA”. ¡Cuánta verdad en menos de 60 caracteres!

La impresión principal que deja el escándalo Ancap es la de un partido de gobierno que no duda en exponer sus trapitos al sol para deslindar responsabilidades, el gran deporte nacional de todos los tiempos. Mujica y Astori enfrascados en un debate de cartas abiertas, guapeando con no dejarse correr con el poncho; Sendic culpando a sus propios subordinados; una mitad del FA acusando a la otra de “aliarse con la derecha” para “la privatización de las empresas públicas”; otros sabihondos haciendo pasar el despilfarro como “inversión en beneficio de la sociedad”, como si el déficit lo cubriera algún anónimo ganador del cinco de oro.

Más allá de las derivaciones concretas que pueda tener este caso ante la opinión pública y la justicia, resulta paradigmático en la obtención de enseñanzas para el presente y advertencias hacia el futuro.

Una de ellas es constatar la facilidad que ha tenido el oficialismo para gastar no solo aquello de lo que disponía, sino también de lo que carecía. Quién tapará mañana el agujero, no fue ni será nunca su problema. Esa mentalidad generosa con plata ajena es la que los alienta ahora a soñar con hermosas obras de infraestructura para Montevideo, endeudándonos a 20 años, mientras los contenedores siguen desbordados de basura.

Otra es su doble discurso, dependiendo del ciclo electoral: cuando tienen que acumular votos, todos coinciden en que están construyendo un país honrado y de primera. En cambio, cuando las urnas están lejos, ahí se tratan entre ellos de deshonestos o de cuarta, procurando perfilismos sin importar quién pagará la fiesta.

Pero lo más importante sería que estos desastres no se repitieran. Y para eso, los partidos políticos uruguayos deberían coincidir en una regla básica que no se cumple desde que existen las empresas públicas, salvo honrosas excepciones: la imprescindible designación de personas idóneas para su dirección.

Lo que los ciudadanos de a pie no solo exigimos, sino que ya imploramos, es que los entes nunca más sean confiados a diletantes, que saben tanto de administración de empresas como yo de fútbol. Hay carreras universitarias que capacitan a las personas para realizar esa delicada tarea. Y si los actuales y futuros gobernantes no creen en la academia (cosa esperable después de que un ex presidente acusara a los profesionales de picapleitos, soberbios y mafiosos), entonces que por lo menos acudan a empresarios experimentados, que sepan leer y defender un balance.

Estamos hartos de que se encaramen a entes con facturaciones multimillonarias y los utilicen para asfaltar sus carreras político - electorales, como si jugaran al ludo con fichas de oro.

Estamos hartos, como dice “Dannyville”, de que nuestras billeteras sean el daño colateral de sus luchas de poder.

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