Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

El laburo concreto

A Talvi le voto lo de los liceos, pero me tiene que poner la UTU también”, dijo el expresidente Mujica en un acto del MPP en Kibón, el sábado pasado.

Lo que más llamó la atención de la prensa y de algunos políticos, fue la primera parte de la frase. Por primera vez un dirigente frenteamplista de primera línea compartía explícitamente una propuesta de la oposición. Pero poco se reparó en el resto de su argumentación. Según consigna El Observador, Mujica aludió a Talvi diciendo que “si quiere priorizar la enseñanza para los barrios pobres, yo se lo voto, pero tiene que poner la de él también. Y no solo me pongas liceos, poneme UTU. ¡Multiplicame las UTU! ¡Multiplicame el laburo concreto!”. Y agregó que para él, “gastar en enseñanza con los más pobres es ir para adelante”.

Es interesante cómo ha evolucionado la visión de la finalidad que la izquierda asigna a la educación. Recuerdo que en las campañas electorales de 1999 y 2004, el Frente Amplio rechazaba enfáticamente la reforma de Rama porque, según decía, iba en dirección de simplificar la profundidad académica y priorizar el desarrollo de habilidades para la inserción laboral (no era cierto, pero eso sería tema de otra columna). A Tabaré Vázquez le oí decir por esos años que la función de la educación no era “entrenar recursos humanos para el mercado de trabajo”. Como docente, comparto la idea de que la escuela y el liceo tienen que ser espacios de estímulo al desarrollo intelectual. Ese disparate mayúsculo de que los chiquilines no deberían estudiar literatura ni filosofía, porque esos saberes no serán aplicables en su desempeño laboral, revela una profunda ignorancia del rol que cumplen el pensamiento y la cultura en la formación individual y ciudadana, así como en la capacidad de desarrollar una vida plena.

Ahora resulta que los liceos son válidos si tienen una UTU al lado, si se prepara a los jóvenes más vulnerables para “el laburo concreto”. Está bien que se les dé herramientas para salir de su condición. La pregunta es si esto es excluyente de otorgarles una educación humanística que, además de capacitarlos para conseguir trabajo, les brinde cultura e incentive su espíritu crítico. El tema no es menor, porque el propio Mujica dijo hace unas semanas, en otro acto, que había que preguntarle “a las doñas”, en alusión a las madres que viven en zonas desfavorecidas, “qué es lo que quieren” y que ellas “no pueden bancar que un gurí vaya al liceo cinco años, porque mañana precisan plata para la leche”.

En esto se empieza a ver una continuidad de pensamiento. Ya no se trata solamente de estimular la formación técnica, para favorecer la inserción laboral. Se transparenta la idea de una sustitución: el liceo no sirve, la formación científica y humanística es innecesaria, cuando lo que se precisa es adquirir las habilidades que permitan conseguir un “laburo concreto” para parar la olla.

En tren de atar cabos, me vino a la mente el debate que mantuve recientemente con un columnista de La Diaria, que veía un prejuicio aristocrático y europeísta en mi propuesta de “más Mozart y menos cánticos de barrabravas”. Su criterio y el de Mujica son asombrosamente semejantes: ¿para qué enseñar filosofía a los chiquilines que necesitan conseguir trabajo? ¿Por qué llevar a Shakespeare y Fabini a la gente de los barrios humildes, en lugar de limitarse a recoger y potenciar sus modelos culturales propios?

Me veo en la obligación de dar la respuesta: porque la cultura académica no es ni un coto cerrado para el disfrute de las clases pudientes, ni un ornamento para presumir en reuniones sociales. Es la verdadera herramienta para aprender a pensar y sutilizar la sensibilidad, para desarrollar un criterio propio en lugar de sumarse a la manada, para ser mejor persona y mejor ciudadano. Son enseñanzas que dio en este país gente como José Pedro Varela, José Enrique Rodó y Carlos Maggi, que no deberíamos olvidar.

La pobreza material puede abatirse con subsidios. Pero para combatir la pobreza intelectual y ética, no existe otra arma que la educación y la cultura de calidad.

Cuando uno dice estas cosas tan obvias, siempre va a cruzarse con una mente preclara que le tira con todo: “¿qué es para vos la calidad? ¿Quién define qué es bueno y qué es malo?” Apóstoles del relativismo que, por mostrar indiferencia hacia una formación profunda y exigente, terminan beneficiando a ese “mercado” al que suelen denostar.

Una canción no es más enriquecedora que otra, porque tenga más descargas en Spotify.

Aprender historia ayuda, entre otras cosas, a elegir mejor a los gobernantes del presente.

Si en este país se estudiara más a Carlos Vaz Ferreira, seguramente muchos políticos y comunicadores se abstendrían de pronunciar tantos paralogismos de falsa oposición.

Bienvenida la educación técnica, que permita a los más vulnerables abrirse un camino en la vida. Pero nunca a costa de privarlos de la otra educación, la que los hace verdaderamente libres.

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