Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Nuestros Jojos

Admito que salí del cine con la sensación de una película ya vista.

Porque encontré muchos rasgos comunes entre Jojo Rabbit y dos antecedentes ilustres, que con similares dosis de humor, mostraban la guerra a través de los ojos inocentes de un niño: La esperanza y la gloria, de John Boorman, y La vida es bella, de Roberto Begnini.

Sin embargo, Jojo Rabbit siguió ejerciendo en mi cabeza un efecto goteo que, al cabo de los días, me fue conquistando con su mensaje humanista.

Quiero destacar una escena en particular, que siento que abre un terrible vaso comunicante entre la Alemania nazi donde se desarrolla la película y nuestro Uruguay de hoy.

Se trata de la secuencia en que el protagonista Jojo y otros niños participan de un campamento infantil, a medio camino entre actividad recreativa y entrenamiento bélico anticipado. Todo parece ser simpático y zumbón hasta que un mentor adolescente entrega al niño un conejo vivo y le ordena que lo mate con sus propias manos. La reacción del pequeño es, claro está, abrazarlo y acariciarlo, lo que lo convierte en objeto de burlas y descrédito. El desafiante se apropia del conejito y le quiebra el cuello, como si nada. Importa recordar que este tipo de prácticas fue real y que el régimen nazi preparaba de este modo a quienes serían carne de cañón de su guerra demencial, en operaciones pensadas para insensibilizarlos y convertirlos en impiadosas máquinas de matar. En un primer momento deploré que una ideología totalitaria pudiera hacer eso en la mente de un niño. Y enseguida lo vinculé a mi propio país y mi propio tiempo, en esta penillanura suavemente ondulada que goza de una democracia ejemplar. Pensé en los muchos jóvenes y adolescentes, algunos casi niños, que desertan de nuestro tambaleante sistema educativo y terminan absorbidos por las bandas de narcotraficantes.

No estamos, como en la época nazi, en un Estado totalitario, estamos en un Estado democrático que ha replegado su influencia en sectores sociales, por impericia o desidia. Un Estado fallido que se moviliza por algunas causas que con- sidera perentorias, pero se ausenta irresponsablemente de otras, dejando a muchos chiquilines en manos de quienes les inculcan que el que roba es un trabajador y que el policía es un enemigo. Todo eso condimentado con una subcultura que enaltece a referentes espurios y que llega al extremo de generar su propio lenguaje, a veces totalmente inentendible para el resto de la sociedad.

El beneficio de exponerse a obras de arte que narran períodos históricos oscuros no es solo el de informarse y sensibilizarse con lo que alguna vez ocurrió en el pasado: es comprobar en qué medida esos horrores son como una exacerbación, un espejo deformante de otros agravios del presente, menos perceptibles pero crudamente naturalizados. La doctrina nazi no se impuso por decreto: se fue incubando en la Alemania de su tiempo sin que la sociedad civil fuera capaz de evitarlo, a fuerza de liderazgos mesiánicos e irracionales y de la manipulación de los medios y la cultura. Aquí y ahora, hay chiquilines que publican fotos y videos en las redes sociales haciendo alarde de sus revólveres y reivindicando su talante antisocial como si se tratara de genuina rebeldía.

Hace falta una educación en serio y una política cultural proactiva para salvar a nuestros Jojos. Esa debería ser hoy la primera prioridad del Estado.

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