Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Je suis Charlie

Ocurrió en París, el 7 de enero de 2015. Dos hombres enmascarados ingresaron a una oficina con fusiles de asalto y asesinaron una por una y a sangre fría, a 12 personas que se encontraban allí trabajando.

Las víctimas no eran políticos ni empresarios poderosos: eran humoristas, gente que se ganaba la vida satirizando la realidad para hacer reír. Y que por esa misma razón, terminó perdiéndola. La atroz matanza vuelve a la agenda informativa porque en estos días dará comienzo el juicio a sus responsables.

El 11 de setiembre de 2001, el atentado a las Torres Gemelas había cambiado para siempre a Occidente. De pronto, un país que desde el siglo XIX no había vivido un estado de guerra en su territorio, se veía conmovido por un atentado terrorista de proporciones inimaginables, causante de más de tres mil muertos.

Menos de cuatro años después, el atentado a los redactores y dibujantes de Charlie Hebdo marcó otro antes y después: el de la libertad de expresión en países que la consagran, pero albergan al mismo tiempo en su seno a fanatismos sectarios siempre dispuestos a cercenarla. Más allá de la reacción mundial, del emotivo “Je suis Charlie” que proclamaron millones de personas en todos los países, una duda quedó flotando: ¿cuánto margen de libertad queda para los comunicadores y creadores, frente a estos horrendos “castigos ejemplarizantes”?

El escritor Salman Rushdie había sido condenado por el yihadismo en 1989, por la misma justificación que acabaría con la vida de los franceses: haber blasfemado contra el islam y su profeta, en su caso por la novela Los versos satánicos. La orden del iraní Jomeini fue clara: "pido a todos los musulmanes que lo ejecuten allí donde lo encuentren". Pero felizmente han pasado más de tres décadas desde aquel mandato y Rushdie sigue vivo, con 73 años.

Los humoristas de Charlie Hebdo no tuvieron la misma suerte y su martirologio echa una sombra sobre la posibilidad de combinar la filosofía de libertad con un multiculturalismo que incluye a intolerantes y violentistas.

La excusa de estos últimos es siempre la misma: si una revista de chistes se mofa de su religión, supuestamente también está ejerciendo una violencia que merece su contra-ataque. Increíblemente, no faltaron las voces occidentales que se plegaron a ese punto de vista y clamaron contra la “islamofobia” que veían instalada en la sociedad. No había modo entonces (ni lo hay aún hoy) de hacerles entender que el rechazo y la indignación occidental no se daba contra la religión islámica, tan respetable como cualquier otra creencia, sino contra la minoría radicalizada que aspiraba a imponerla a través de la devastación y el crimen. En los dos extremos del espectro político se alzaban voces totalitarias: de un lado había gente clamando por la cabeza de cualquier musulmán. Del otro, supuestos progresistas que defendían a los asesinos, con los argumentos anticolonialistas de siempre.

Y en el medio, una larga fila de políticos, comunicadores e intelectuales tratando de hacer equilibrismo entre ambos extremos, cuando lo más simple debería haber sido reivindicar la libertad, con sujeción al ordenamiento jurídico que los países occidentales nos hemos dado democráticamente.

Esa delgada línea, siempre inestable, de la corrección política, sigue envenenando el debate de ideas en el mundo libre.

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