Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Los jabones no hablan

"Todo por los votos” es el título del ensayo de Carlos Pacheco y Gustavo Onorato que tendré el honor de presentar hoy en la Feria Internacional del Libro, junto a mi colega y entrañable amigo Claudio Invernizzi.

El libro realiza un objetivo y meticuloso paralelismo entre los hechos políticos acontecidos en Uruguay a partir del plebiscito de 1980, y las publicidades que utilizaron partidos políticos y gobiernos para persuadir a la ciudadanía, en todas las instancias de consulta electoral.

En las primeras páginas, los autores citan a un anónimo publicitario que tercia en la famosa discusión de si hay que vender a los candidatos como si fueran jabones, con una frase de antología: “La diferencia entre un político y un jabón es que los jabones no hablan”. No hace falta decir que entre ciertas corporaciones profesionales, como la de los publicitarios, nunca falta esa soberbia de formular juicios durísimos y dudosamente generalizables. En realidad ningún político llega adonde llega por ser un comunicador ineficiente, más bien todo lo contrario. Los publicitarios, en cambio, nos equivocamos de palo a palo cuando creemos que las técnicas que sirven para vender un producto de consumo son válidas para persuadir ideológicamente a un ciudadano. Puede haber vasos comunicantes, sin duda. Pero la lógica del marketing se estrella muchas veces contra la volatilidad del electorado, y eso se debe a que la credibilidad y confianza que despierta un candidato son intangibles difícilmente manejables desde un plan estratégico.

Y es así: los candidatos, a diferencia de los jabones, hablan y se equivocan.

A raíz de la desafortunada declaración de Daniel Martínez al diario paraguayo Última Hora, sobre esas vacaciones en Miami a las que vamos todos, vale rememorar algunos errores célebres de los políticos uruguayos y cómo fueron utilizados comunicacionalmente por sus adversarios. El precursor de esta práctica fue sin duda un militar de la dictadura, el vicealmirante Hugo Márquez, con varias frases inolvidables como aquella de “estábamos al borde del abismo y dimos un paso adelante”. Pero no fueron pocos los dirigentes políticos que, ya en democracia, expresaron cosas inconvenientes, rápidamente amplificadas por sus adversarios para ridiculizarlos. “No sé si será un buen gobierno”, dijo Jorge Batlle, “pero seguro que va a ser un gobierno divertido”. No pasó de ser un comentario risueño que apuntaba a la autoparodia, pero se convirtió en un paradigma de lo que ningún político debe verbalizar. Un médico tiene derecho a decir el viejo chiste de que si se equivoca, habrá que echar tierra al asunto. Pero si un político usa el mismo recurso, se expone a una rápida crucifixión. La actual sujeción ciega y sorda a la literalidad, hace que todo lo que se diga irónicamente puede ser y será interpretado literalmente, para escarnio de quien lo formula. Tampoco están a salvo los políticos de los comentarios off the record: aquel camarógrafo de la cadena Bloomberg que grabó a Batlle despotricando contra los argentinos; el micrófono abierto que no tuvo en cuenta Mujica cuando dijo lo de la vieja y el tuerto, ¡hasta el Gucci grabando a Martínez sin que él lo supiera!

En la apoteosis del Gran Hermano, ya no existen las conversaciones privadas: todo sirve para tirar a los políticos a los perros del escándalo.

Un caso aparte es el del expresidente Mujica, que gusta de aplicar su verborragia a todo tipo de sincericidios que, dichos por cualquier otro dirigente del país, sepultarían la más discreta aspiración política. No solo no rehúye a decir barbaridades, sino que las reafirma. Pero es incombustible, nada hace mella a su prestigio nacional e internacional, ni siquiera recomendar a los venezolanos que no se pongan delante de las tanquetas.

El particular estilo periodístico de Facundo Ponce de León logró que, en su nuevo programa De Cerca, dos candidatos admitieran haber cometido errores: el de Luis Lacalle respecto a la búsqueda de los desaparecidos, en la campaña pasada, y el de Pablo Mieres cuando cuestionó a un humorista por Twitter. Es verdad: no es usual que los políticos se retracten de sus yerros. Hacerlo, ¿los favorece o los perjudica? ¿Los ciudadanos seguiremos exigiéndoles que sean infalibles? ¿Por qué no valorar su capacidad de poner reversa? Daniel Martínez podría haberse disculpado en pocas palabras por la gaffe de las vacaciones en Miami, pero optó por justificarla en una mala cita de su declaración. Según el candidato del FA se refería “a los poderosos” que viajan a esa ciudad norteamericana. Pero la transcripción textual que dio a conocer el diario paraguayo, al día siguiente, dice otra cosa: “Llegan las vacaciones y no hay nadie en Montevideo. No hay nadie, está todo el mundo... el que no está en Miami está en los balnearios, si no está en Argentina”. Un ingenioso tuit de Gerardo Sotelo compara el gazapo de Martínez con otro, inolvidable, de Luis Alberto Lacalle Herrera: “En el comando oficialista deben estar averiguando cuánto cuesta una motosierra en Miami”.

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