Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Inclusivitis, otra vez

El gracioso entredicho entre el senador Sergio Botana y su par Liliam Kechichian, en una sesión de la Comisión Especial de Deporte y Juventud del Senado, volvió a poner en discusión el recurrente asunto del lenguaje inclusivo.

Hace casi un año me referí al tema en esta misma página, con una columna titulada “El esperanto progre”. Allí opinaba que la ilusión de los promotores de ese engendro, consistente en superar las inequidades de género a través de una distorsión artificial de la lengua, eran similares a la vana pretensión de lograr la paz mundial a partir de la creación del esperanto, un intento de idioma universal que nunca pasó del plano anecdótico.

La discusión entre Botana y Kechichian fue en torno a la palabra “presidenta” que, dicho sea de paso, ha sido explícitamente autorizada por la Real Academia Española. Tal aceptación no es de ahora sino de principios del siglo XIX. Si las reglas lingüísticas fueran inamovibles, nunca debió aprobarse, porque “presidente” es participio activo de “presidir”, como “estudiante” lo es de “estudiar”. La terminación “-nte” no marca género; decir “presidenta” es en realidad tan absurdo como pronunciar “estudianta”. Pero la aprobación de esa incoherencia es la mejor prueba de que la lengua es un organismo vivo, que va mutando a través del tiempo, al solo impulso del uso espontáneo de los hablantes.

Esta es justamente la diferencia profunda que se da entre su normal evolución y la que pretenden los promotores del lenguaje inclusivo.

Los “chiques”, “todes” y “todxs” no surgen de una transformación natural de la lengua, sino de un plan formulado por grupos de presión que apuntan a influir ideológicamente mediante estos cambios.

En tal sentido, es muy ilustrativo un debate entre los argentinos Santiago Kalinowsky y Beatriz Sarlo, cuyo registro audiovisual completo puede encontrarse en Youtube bajo el título “La lengua en disputa”. También hay un libro que la recoge, con la misma denominación.

Kalinowsky, que es licenciado en letras y experto en lingüística, defiende el lenguaje inclusivo con entusiasmo, atribuyéndole el don de impulsar un cambio social. Para empezar, admite que la iniciativa no procura una modificación lingüística: “es un fenómeno retórico, con el objetivo de avanzar en igualdad. No es un cambio lingüístico, es una intervención consciente”.

A partir de allí, mientras Beatriz Sarlo defiende la evolución azarosa del lenguaje, Kalinowsky se concentra en cuestionarla: “el masculino genérico es un universal lingüístico, porque la desigualdad entre el hombre y la mujer es un universal humano. Es el correlato gramatical de un ordenamiento ancestral, patriarcal de la especie”.

Se trata de una presunción temeraria y Sarlo la demuele con un par de ejemplos: “¿Por qué, por un lado, hay vaca y toro, y por el otro hay solo ballenas. ¿No hay ballenos?” En la consolidación de determinadas palabras para expresar determinados conceptos, juega mucho el azar y el contexto cultural de cada época. Explicar el masculino genérico como el resultado de una conspiración del patriarcado puede parecer ingenioso, pero cae por su propio peso cuando se lo compara con los femeninos genéricos (como bien decía Botana en su humorada, “yo no soy economisto ni ex intendento”).

Cuando el lingüista argentino se pone a profundizar en el sustrato ideológico de la propuesta, termina mostrando sus naipes: “al ser una configuración discursiva que busca un cambio, la trayectoria de eso es crear un consenso, hacer un cambio cultural, que impacte en el modo en que la gente vota. Ese modo en que la gente vota cambia la conformación de la clase política y finalmente puede ser que al cabo de un tiempo tengamos la identidad de género”.

Parece claro que con esta definición, los promotores del lenguaje inclusivo apuntan -a mi juicio con una ingenuidad rayana en el infantilismo- a contraatacar la conspiración que creen ver en los enemigos de la igualdad. Imaginan que modificando el lenguaje, cambiarán las conciencias a favor de la equidad de género y con ello evitarán la violencia y los abusos contra la mujer característicos de nuestras sociedades. Vean lo que agrega al respecto Kalinowsky: “Es muy fácil alienar al transexual, considerarlo diferente a uno. El lenguaje inclusivo lo convierte en algo propio”.

El respeto a la mujer y a la identidad de género, cualquiera sea, son derechos que no se obtienen hablando de manera estrambótica y cómica, sino militando políticamente por esos valores. Los sistemas democráticos han avanzado mucho en ello, pero aún tienen un largo camino por recorrer para desinstalar reflejos machistas y naturalizaciones de la violencia.

Decir “todes” o “todxs” es un vulgar placebo. Es sentirse bien con uno mismo, satisfecho de integrar una vanguardia ideológica que se autodiscrimina, pero hacer poco y nada por reparar aquellas injusticias.

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