Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Hybris

Ante los resultados del domingo, me vinieron a la memoria las clases del admirado docente Domingo Bordoli, en el IPA. Corría el año 1980. El país hervía en rechazo a un prepotente proyecto constitucional de la dictadura, que intentó sin éxito legalizarla.

Con su voz ronca y aquel maravilloso manejo de la emotividad, Bordoli nos hablaba del pecado de hybris: la desmesura en que incurre aquel que sobrevalora su poder, la soberbia de quien se cree invencible pero, como Aquiles, tiene un talón al que solo hay que apuntar bien para hacerlo caer.

Casi 39 años después, el país vive en democracia plena y asiste a su demostración más explícita: la alternancia en el poder. Aunque ningún resultado se puede tomar como seguro, el panorama del balotaje es más alentador para Lacalle que para Martínez. Y vale la pena detenernos en uno de los principales motivos que auguran ese resultado.

Vázquez fue derrotado en el balotaje de 1999 en una correlación de fuerzas similar a la que se da veinte años después. Pero a partir de 2004, los candidatos del Frente Amplio venían ganando, o bien en primera vuelta (Vázquez en 2004), o bien en balotajes a los que llegaron con guarismos más cómodos. En sus tres períodos, la coalición de izquierda alcanzó la mayoría parlamentaria y, con ello, gobernó con prescindencia de cualquier tipo de negociación con los demás partidos.

Esa alta concentración de poder colocó cómodamente al FA en una de las mitades del espectro, potenciado aún más por el período de bonanza del que se benefició el país.

Gobernar con mayorías tiene una ventaja evidente: no hay manera de que se instalen máquinas de impedir que entorpezcan la gestión ejecutiva. Pero tiene también un perjuicio, aquella frase de Lord Acton de que "el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente". Siempre insuficiente en número para censurar ministros o corregir desbordes, la oposición quedó relegada a un rol testimonial, y fueron necesarias estruendosas denuncias a partir de investigaciones periodísticas, para que el sistema despertara y se develaran responsabilidades. El Frente podría haber reaccionado con rigor autocrítico pero, salvo en contadas excepciones, prefirió evitarlo.

Su campaña electoral de este año, que arrancaba de niveles de aprobación preocupantes y una intención de voto que no pasaba del tercio del electorado, apeló casi totalmente a la emoción, desempolvando la mística frenteamplista y adornándola con logros de gestión parciales y descontextualizados. El error que cometieron fue que siguieron proclamando un discurso exclusivista, descalificador del adversario, como si aún hubieran contado con la mitad de las preferencias ciudadanas. Trabajaron como si no existiera el balotaje, como si se hubiera podido ganar la elección con una minoría mayor.

Así, la autoconfianza excesiva les impidió comprender que, desde su disminuido posicionamiento, ya no era admisible satanizar a la oposición.

No hay modo de acusar de oligarca al 61% de la ciudadanía. Les será difícil, casi imposible, enamorar a algún votante de Talvi después de haberlo retratado en la tapa de La República con nariz de Pinocho. Diseñaron una campaña arrogante, propia de alguien que tiene más respaldo electoral que el que efectivamente detenta. En suma, caen como los héroes homéricos, por el pecado de hybris.

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