Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Los hijos de la chatarra

El espectáculo cotidiano de las ejecuciones de civiles por parte de fundamentalistas islámicos proyecta una sombra sobre Occidente. De pronto todo se derrumba: las mismas redes sociales que democratizaron como nunca el acceso a la información, hoy sirven para que una organización de psicópatas difunda sus amenazas a través de actos de suprema crueldad.

El espectáculo cotidiano de las ejecuciones de civiles por parte de fundamentalistas islámicos proyecta una sombra sobre Occidente. De pronto todo se derrumba: las mismas redes sociales que democratizaron como nunca el acceso a la información, hoy sirven para que una organización de psicópatas difunda sus amenazas a través de actos de suprema crueldad.

Los atentados a las Torres Gemelas y el Pentágono de 2001, fueron crímenes perversos planificados con inteligencia: con una inversión escasa, se convirtieron en hitos simbólicos antioccidentales. Aunque ahora Al Qaeda ha atenuado su peligrosidad, aparece ISIS con una estrategia de nuevo desequilibrante, por lo innovadora. El formato consiste en decapitar a personas inocentes frente a cámara, pero es mucho más que eso. Los terroristas han entendido que Occidente consume imágenes con sentido de espectáculo y le ofrecen ese espectáculo.

Han comprendido que los reality shows destronaron el interés por la ficción, y nos ofrecen ajusticiamientos reales.
Saben que el público tiene un gusto morboso por consumir imágenes sanguinarias y se las proporcionan.
Estos grupos no parecen estar invirtiendo en armas nucleares ni en grandes ejércitos: lo hacen en producción audiovisual. Ya están identificadas un par de productoras de primera calidad que trabajan para ellos, con un nivel de equipamiento y de talento profesional comparables a los de Hollywood.

Esas imágenes artísticamente producidas, que hacen realidad las peores pesadillas de Pasolini en su película “Saló o los 120 días de Sodoma”, no solo horrorizan a la mayoría de sus destinatarios: inspiran a algunas minorías de europeos, que concurren de a centenares al novel Estado Islámico para ofrendarse a ese juego macabro. Se trata en su mayor parte, según se informa, de personas de orígenes humildes, con problemas de empleo y de inserción social.

En las acciones de ISIS perciben la oportunidad de vengarse de un sistema que los ha descartado. La experta Susana Mangana relató hace unos días por 810 Espectador, que en Youtube puede verse a un hombre belga, mirando a los ojos a su pequeño hijo y pidiéndole que elija entre ser yihadista o terrorista suicida, sin tercera alternativa.

La pregunta que me hago es simple: ¿qué hacen las sociedades occidentales para que estas personas desciendan a semejante pozo de fanatismo y desquicio moral? ¿La causa está en la competitividad del sistema económico? No lo creo. ¿Tal vez en la ineficiencia de las clases políticas de los distintos países? Tampoco me parece.

La lucha por la supervivencia y la injusticia política son características de las más diversas épocas y condiciones. Si bien se podría decir que los crímenes del nazismo y el estalinismo fueron extraordinariamente crueles, ninguno de ambos regímenes hizo ostentación de ellos; al contrario, se cuidaban de ocultarlos ante la opinión pública. Y estos criminales de hoy hacen exactamente lo contrario.

A mi juicio el problema está en el pésimo trabajo realizado por Occidente en algo tan simple como importante: la divulgación cultural y su consecuencia inmediata, la formación moral.

Los estados no han operado en forma seria con políticas culturales que elevaran el nivel intelectual de sus pueblos. Han dejado que la influencia cultural dejara las bibliotecas y pasara a los shows televisivos vulgares y las películas de violencia.

La industria fílmica sigue esforzándose por avanzar en la glamorización de la muerte, tanto a través de películas de terror en que las chicas libertinas son descuartizadas por psicópatas, como en filmes policiales que identifican el éxito con la eficacia y eficiencia del héroe en asesinar enemigos.

La industria de los videojuegos es coherente con ese designio y se han conocido algunos productos en los que el participante de una carrera de autos acumula puntos, si en su camino arrolla a niños y mujeres embarazadas. En una actitud moral que me animo a calificar de profundamente cínica, películas como “Los juegos del hambre” formulan una supuesta crítica a la violencia, pero terminan rindiéndole culto, porque no ahorran truculencia a la hora de mostrar asesinatos de inocentes.

¿Estoy proponiendo censurarlas? Claro que no. Lo que me parece evidente es que los estados no pueden permanecer neutrales ante el juego de la oferta y la demanda en el plano cultural. Que tienen que operar de manera decidida, con altas inversiones, en equilibrar la basura que nuestros niños y jóvenes reciben diariamente debido a las reglas del mercado, con productos culturales de calidad, de esos que elevan el espíritu en lugar de corromperlo y embrutecerlo.

Los cientos de ingleses y franceses que se van al Estado Islámico seducidos por su atroz campaña mediática son hijos de la cultura chatarra, de la naturalización de la violencia en los medios masivos y de ese torpe relativismo según el cual cualquier hecho cultural es válido, en la medida que mucha gente pague por verlo.

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