Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Hay alegría

Hay tres maneras de enfrentar las limitaciones sociales y laborales que impone la emergencia sanitaria. Algunos juegan a que no existe, provocando aglomeraciones por reclamos que, por justos que puedan llegar a ser, implican graves riesgos de contagio.

Otros cumplen con la normativa pero se quejan de esas limitaciones, atribuyéndolas no al consejo científico, sino a una especie de conspiración del gobierno. Es lo que pasa con algunos artistas que emiten proclamas altisonantes donde hablan de “resistencia” contra la “prohibición de ejercer nuestro derecho al trabajo”, entre otras lindezas.

Y en tercer lugar, los menos, están quienes intentan adaptarse a las restricciones y se aplican a superar los perjuicios que estas ocasionan, con ideas creativas. En esta última categoría se encuentra Cinemateca Uruguaya. Muchas veces he salido en defensa de esta querida institución contra quienes, desde una miope visión economicista, postulan que el Estado no debe auxiliar a una organización civil que protege el acervo audiovisual del país y difunde cine de calidad.

Hay una muchachada ultraliberal que suele opinar en las redes que Cinemateca tendría que fundirse y que sería preferible que sus salas se convirtieran en estacionamientos (sic). Pasan por alto que aún los países más liberales del mundo subvencionan la cultura.

Últimamente defendí a Cinemateca cuando del otro lado, el de ciertos intelectuales autosuficientes, se la criticó por el hermoso mural que encargó sobre la avenida 18 de Julio al Colectivo Licuado, convirtiendo a Montevideo, tal vez en la única ciudad del mundo que rinde un homenaje de esa relevancia a grandes personalidades del cine. Muy a la uruguaya, las redes se llenaron de sabelotodos que cuestionaban que se hubiera elegido a Hitch-cock, Fellini, Buñuel y Martel, como si esa selección naturalmente subjetiva pudiera empañar la iniciativa.

Ahora, mientras podemos enorgullecernos de ser el primer país de América Latina en reabrir las salas de espectáculos -aunque algunos teatristas cuestionan las limitaciones inevitables con que se ha logrado-, Cinemateca tendría buenos motivos para unirse al coro de protestas, porque está claro que la obligatoriedad de hacer una sola función por día, con un aforo de apenas el 30%, es antieconómica para las salas pequeñas.

Sin embargo, la institución reabrió sus puertas con una película notable que recomiendo ver, “El faro”, junto a un ciclo de clásicos de esos que solo ellos reviven cada año para disfrute y enseñanza de las nuevas generaciones.

Cuando anunció la reapertura, su siempre cordial community manager publicó en Twitter: “-¿Están contentos? -Sí: donde hay cine hay alegría”. Y ahora, mientras naturalmente todo el sector cultural está aguardando la aprobación de una segunda fase de los protocolos, que permita realizar más de una función por día y un mayor aforo para las salas pequeñas, la gente de Cinemateca enfrenta las actuales dificultades con un llamado a la solidaridad cargado de humor y referencias cinéfilas. Se les ocurrió solicitar a quien saca su entrada que pague unos pocos pesos más por una segunda butaca vacía, “para tu amigo imaginario”.

Y dan ganas de buscarlo en los recuerdos de la infancia, para hacerles caso. Una buena lección a quienes protestan por todo, sin buscar las oportunidades que se esconden detrás de las crisis.

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