Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Hagamos patria

Como “una voz en solitario dentro del establishment académico” calificó el periodista de El País Tomer Urwicz a su entrevistada del lunes 21, la educadora sueca Inger Enkvist.

Como “una voz en solitario dentro del establishment académico” calificó el periodista de El País Tomer Urwicz a su entrevistada del lunes 21, la educadora sueca Inger Enkvist.

El mensaje de esta exasesora del Ministerio de Educación de su país es tan concreto como políticamente incorrecto: “Es cada vez más difícil exigir a los alumnos un esfuerzo. A los políticos que han ido diciendo que dan educación a todos y con un resultado igualitario, les da miedo exigir esfuerzos a los jóvenes. Prefieren que no se midan los resultados para que las diferencias se noten menos. Todos los alumnos son víctimas porque pierden años importantes de aprendizaje. Y el Estado es víctima de sus propias pedagogías porque la inversión en educación no da todo lo que hubiera podido dar”.

Cuando leí esta certera definición, resonó en mi mente una vieja declaración del expresidente Mujica, en el sentido de que la educación secundaria fallaba porque no había logrado “enamorar a los jóvenes”. Como si para que el Estado ejerza esta tarea básica fuera necesario “enamorarlos”, cuando alcanzaría con reclamarles que cumplan con su obligación de recibir conocimientos y forjar su espíritu crítico. Motivar a los estudiantes siempre es positivo, pero la educación no es un producto a vender, es un deber a exigir.

La raíz de este prejuicio viene de larga data. En los años ’80, en el IPA leíamos con delectación a aquel educador escocés, A. S. Neill, que en su escuela Summerhill, abolió las asignaturas, introdujo al aula a los niños a través del juego y priorizó, en suma, la felicidad al sentido de sacrificio. Todo muy lindo y necesario, como reacción a la vieja pedagogía de las orejas de burro y los golpes en los dedos.

El problema fue cuando esta nueva versión, tan amigable, derivó en el deterioro de la exigencia. Porque al perfeccionamiento de la lectoescritura o al conocimiento de la historia, solo por poner dos ejemplos, no se llega solamente jugando. Y tanto entender de dónde venimos como saber pensar y expresarse, son condiciones esenciales para formar ciudadanos libres y responsables, en un mundo que reclama cada vez con mayor impertinencia consumidores dóciles, ignorantes y acríticos.

Vale la pena revisar en Youtube el documental argentino “La educación prohibida”, que muestra muchas de esas experiencias innovadoras, más o menos hippies, cuyo denominador común es una repulsión tal a la competitividad, que termina negando las potencialidades individuales de los niños e inoculándoles conformismo e incapacidad de desafiarse a sí mismos.

Pocas anécdotas son más evidentes de este deterioro de la exigencia, que la iniciativa de ciertas asociaciones de padres españoles, consistente en reclamar la abolición de los trabajos domiciliarios, para que sus hijos “tengan tiempo para jugar”.

En sus excelentes columnas semanales en Búsqueda, la docente y escritora Andrea Blanqué lanzó muchas verdades en este sentido, llegando a reclamar que en el aula se vuelva al dictado y a la lectura en voz alta, obligatoria. También hay que retornar a “Educar sin culpa”, el libro del psicólogo Alejandro de Barbieri que enjuicia con razón a una generación de padres y docentes permisivos, que entran en pánico si tienen que frustrar mínimamente a sus hijos y alumnos.

Aunque nuestro expresidente haya dicho que con la venta de porritos en farmacias “hacemos patria”, solo lo lograremos encendiendo otra cosa bien distinta: el amor al conocimiento y la creatividad.

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