Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

El fuego mata todo

Algunos lo lamentarán como la fatalidad de que un eventual cortocircuito haya provocado uno de los mayores desastres culturales de los últimos tiempos. Otros cargarán las tintas en la omisión del gobierno brasileño, que retaceó a la institución los recursos que tal vez hubieran mejorado sus condiciones de seguridad.

Hay que entender el trágico incendio del Museo Nacional de Río como lo que es: un símbolo.

La rápida extinción de tan inestimable patrimonio histórico dice mucho del lugar que ocupa la cultura en las prioridades de nuestros países.

He escuchado con frecuencia la hipótesis liberal de que la mejor política cultural de un país es aquella que no existe. Es tal la aversión de esta corriente de pensamiento a la intromisión estatal, que toda iniciativa de difusión en tal sentido es mirada bajo sospecha, como el intento de influir ideológicamente desde el poder, utilizando la cultura como herramienta de penetración psicológica.

Del otro lado, el pensamiento llamado "progresista", que aún abreva en fuentes marxistas superadas por la historia, se inclina por criterios de promoción flechados hacia contenidos afines a sus ideas, o bien teñidos de un espíritu inclusivo de todo lo que venga, sea bueno, malo, elevado, denigrante, profundo o inconsistente.

A los liberales hay que tranquilizarlos: la inversión en cultura no debe tener la finalidad de ganar adeptos entre artistas e intelectuales, repartiéndoles dinerillos públicos.

El verdadero objetivo es el de hacerla llegar a aquellos sectores de la sociedad incapaces de recibirla. Porque la cultura para ellos no será un adorno o un entretenimiento: será el único aporte que refine su sensibilidad y estimule su espíritu crítico, en contextos sociales donde solo impera la ley del más fuerte.

La producción y el consumo cultural son actividades inherentes a nuestra condición de personas gregarias. Si como Estado nos lavamos las manos respecto a lo que producen y consumen los sectores vulnerables, lo más seguro es que pase lo que efectivamente está pasando: la consolidación de un mercado del entretenimiento que en lugar de educar, embrutece. El resultado de esa inacción se ve en el retrato pesadillesco de algunos menores infractores, hecho recientemente por la Directora del Inisa, Gabriela Fulco: "jóvenes que no tienen vocabulario o que su lenguaje es tan escaso que se mueven con apenas diez o veinte palabras, o con sonidos guturales".

Esas mismas diez o veinte palabras, esos sonidos guturales, a veces se reivindican co-mo cultura genuina o creatividad popular, desde la ilusión de lo inclusivo. Es un prejuicio típico de cierta izquierda de raíces hippies. Del mismo modo que hay que cuestionar la neutralidad de los liberales, a estos otros hay que explicarles que en materia de cultura no vale todo.

Al promoverla, al Estado compete separar lo elevado de lo ordinario, lo enriquecedor de lo mediocre.

Negando o retaceando a los sectores menos educados el acceso a productos culturales de alta calidad, con la excusa de que no los entenderían ni disfrutarían, en realidad se los está consolidando en su marginación.

Neutralidad de tirios y demagogia de troyanos: los dos males culturales que el fuego del museo de Río parece simbolizar, con su penoso desenlace oscurantista.

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