Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Felices los cuatro

El Instituto Nacional de Evaluación Educativa ha dado a conocer los resultados de una ambiciosa investigación en alumnos de tercero y sexto de Primaria de todo el país.

En más de 300 páginas, el informe "Aristas 2017" no solo evalúa los desempeños de los niños en matemática y lectura, sino que incorpora otros parámetros altamente significativos, como el contexto familiar y el entorno escolar, la convivencia y participación, y las habilidades socioemocionales.

Si existe alguna constante que recorre de manera transversal todo el informe es la comprobación de la inequidad del sistema.

Desde la reforma vareliana, la escuela pública ha sido la política social más importante del país. Una educación laica, gratuita y obligatoria de calidad se constituyó a lo largo de todo el siglo XX en la garantía de una comunidad integrada y un poderoso motor de la movilidad social. Que permitió por ejemplo al hijo de un modesto trabajador de La Teja recibirse de médico especialista en oncología y acceder a la primera magistratura.

Pero con lo que el informe registra que está ocurriendo ahora, queda claro que ese motor está fundido. Una evidencia que ya no sorprende, si uno observa en el día a día la profundidad de la fractura social.

Aquel país que reunía en la misma clase a los hijos de un empresario, un obrero, un canillita y un senador, hoy se polariza entre ese mayoritario 70 por ciento de niños de hogares pobres que carecen de comprensión lectora, y los de familias pudientes que disminuyen sustancialmente tal índice. O entre el magro 3% de escuelas de contexto crítico que cuentan con sala de informática y la muy superior infraestructura tecnológica de las instituciones privadas. O en la comprobación de que en los centros educativos de barrios desfavorecidos trabajan docentes con menor experiencia que los que lo hacen en los más privilegiados.

¿Cómo llegamos a esto? Seguramente las causas son muchas, pero parece evidente que en los últimos trece años, el Frente Amplio fue más eficiente en transferir dinero a los más pobres, que en legarles herramientas para abandonar esa condición. Hasta el propio Mujica lo reconoció hace poco, con un "quizá nos equivocamos".

Las causas de la debacle no deben buscarse solamente en la mala gestión de la educación pública. Esta es apenas otra de las consecuencias de un problema más hondo: el descaecimiento generalizado de las pautas de convivencia, que cayó como una bomba en nuestra sociedad. Se fue dando un proceso inexorable de debilitamiento de ciertos valores que habían funcionado como argamasa del Uruguay integrado, sumado a un consumismo acelerado y voraz, contradictorio con el socialismo pregonado de la boca para afuera. Es en dicha adicción al consumo donde debe buscarse la génesis del desprecio por el esfuerzo en la obtención de logros educativos y la compulsión al éxito rápido, así se alcance avasallando los derechos de los demás.

La conducción de los sindicatos docentes es un ejemplo de ello. Cada vez que dejan a los chiquilines sin clase, que les quitan conocimiento del cerebro y del alma como si les sacaran el pan de la boca, aducen que con su "lucha" también están enseñando. Así es: están enseñando que les importa más mejorar sus ingresos que el futuro de los muchachos. Están enseñando que vale más la prepotencia que la negociación y que con la intransigencia siempre se puede obtener alguna ventaja adicional. Pero cuidado: esta actitud egoísta es la de ciertos gremialistas, movidos tanto por sus intereses personales como por sus pequeños radicalismos ideológicos. No representan en absoluto a la inmensa mayoría de los docentes, verdaderos héroes que ponen razón y corazón en abrir cabezas y despertar conciencias, en lucha desigual contra las trabas del sistema y la inexistente contención de muchos entornos familiares.

Hablamos de voracidad consumista y de inmediato aparece otra de las grandes causas de la debacle: las pautas culturales que la acompañan.

En este país que cambió las máquinas de escribir del diario El Día por las tragamonedas de Maroñas Entertainment, aquella cultura de los Real de Azúa, los Maggi y los Taco Larreta devino en una consagración del entretenimiento, cuanto más imbécil, mejor. Es difícil que en zonas donde los chiquilines se levantan y se acuestan escuchando cumbia y reguetón, puedan mejorar su comprensión lectora por asistir unas horas a un centro educativo. Antes se formaban como futuros ciudadanos cultos y con capacidad crítica, ahora cantan y bailan esa canción estúpida que dice "y si con otro pasas el rato, vamos a ser felices los cuatro". Pero tal vez esté muy equivocado: su autor debe de ser una eminencia de la música, porque ha sido elegido por las autoridades para actuar en el Antel Arena.

Hay un déficit al que el próximo gobierno deberá atender tanto o más que al fiscal: el educativo y cultural. Si dejamos que la enseñanza pública siga siendo esta fábrica de pobres, los impulsores de la fractura social habrán ganado la batalla.

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