Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Elogio de la muerte

El debate en torno a la legalización de la eutanasia es un diálogo de sordos. 

Quienes defienden la medida se basan siempre en el mismo par de argumentos: que las personas que padecen enfermedades terminales merecen una “muerte digna”, sin sufrimiento, y que debe respetarse la libertad de quien opta por dejar de vivir

Vamos a lo primero. ¿Oponerse a la eutanasia es sinónimo de extender el sufrimiento del enfermo terminal y someterlo al llamado “encarnizamiento terapéutico”? Claro que no. Para un buen morir, los médicos saben perfectamente que existe la sedación paliativa: aplicar calmantes al paciente para aliviar su dolor, “sacarlo de ámbito”, como dicen, hasta que el desenlace se produzca naturalmente. Esto es muy distinto a aplicarle una inyección letal para matarlo.

No soy médico pero tengo experiencia como asesor de comunicación de instituciones científicas y de salud. Los cuidados paliativos están vastamente desarrollados en el mundo, y a diferencia de lo que dicen los promotores de la eutanasia, no tienen la finalidad de extender innecesariamente la vida del enfermo terminal ni de prolongar su sufrimiento, sino exactamente lo contrario: lo ayudan a morir. Calman su dolor y le brindan el acompañamiento psicológico para que ese final inevitable sea realmente “digno” y no un suicidio asistido, motivado por la desesperación de la víctima.

Conocí de cerca la extraordinaria obra en tal sentido del doctor Héctor Morse al frente de los Hospi Saunders de la Asociación Española. Y me marcó a fuego la insistencia del doctor Humberto Correa, ex decano de la Facultad de Medicina del Claeh, en relación al Humanismo Médico, una materia que él integró a esa currícula académica como atributo principal de una buena atención de salud.

El otro argumento que esgrimen los promotores de este proyecto de ley es el de la libertad del paciente de decidir cuándo poner fin a su vida. Es una falacia, porque la persona que está sometida a un dolor insoportable, sumado al sentimiento de culpa de verse como una molestia para sus hijos y nietos, no está en modo alguno decidiendo desde su libertad personal, sino más bien desde un atroz condicionamiento.

Pongamos el ejemplo de quien está siendo torturado por un psicópata y ruega a su victimario que lo mate de una vez. ¿Ese pedido proviene de una decisión libre? Por supuesto que no. Con la enfermedad terminal pasa lo mismo. Y otro tanto sucede con el estado depresivo que lleva al suicida a atentar contra su propia vida. Muchos nos indignamos hace unos años, cuando gente del sistema político declaraba que vivir en la calle era una especie de derecho que tenían los indigentes en el ejercicio de su libertad. Nadie tiene derecho a morir de hipotermia. Nadie ejerce su libertad de elección si padece trastornos mentales o adicción a sustancias. Del mismo modo, es absurdo suponer que una persona desesperada por el sufrimiento físico -y seguramente presionada por la vergüenza de haberse convertido en una carga para sus familiares- decide libremente, cuando reclama que la priven prematuramente del más elemental de sus derechos, el derecho a la vida.

Y ahí es donde la promoción de la eutanasia adquiere su costado ético más reprobable. Aún existiendo métodos paliativos que alivien el dolor, muchas veces es el mismo enfermo terminal quien la procura, para ahorrar a sus seres queridos los inconvenientes de cuidarlo. Es la contracara del humanismo: merecemos vivir solamente mientras somos útiles a la sociedad. Cuando dejamos de ser productivos y cuando, para peor, nos convertimos en una carga, en alguien que debe ser atendido, sentimos la presión del entorno vertiginosamente competitivo. Pero claro que seguimos mereciendo vivir. Claro que merecemos mirar más atardeceres, escuchar más música, leer más poesía, recibir en la mano la caricia de los seres que amamos.

La eutanasia es la solución de la sociedad consumista del descarte: si la tele se rompe, la tiro y me compro otra. Es la suprema cosificación de las personas.

El que pide su propia muerte, más allá del sufrimiento mal aliviado que pueda estar padeciendo, quiere demostrar su abnegación, su voluntad de sacrificio personal en pos de la comodidad de los suyos.

Pero la abnegación que vale es la del fuerte que socorre al débil, no la del débil que se autoelimina para no molestar al fuerte.

Recomiendo leer al respecto los excelentes documentos que ha escrito el doctor en filosofía Miguel Pastorino sobre este tema, liderando el grupo Prudencia Uruguay, donde médicos justamente especializados en enfermedades terminales, son contestes en que la legalización de la eutanasia es un aberrante atentado al humanismo.

Nos dirigimos inevitablemente a la muerte, desde el día que nacimos.

La verdad está en aquella hermosa película de Ingmar Bergman, El séptimo sello, en la que un cruzado medieval juega una partida de ajedrez contra ese enemigo invencible. Pero la misión humana consiste en seguir jugándola hasta el final.

No sé si hay un Dios. Lo único que sé que existe, y a ello me aferro con uñas y dientes, es la vida.

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