Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Lo dijo Renzo

Transcurría un Consejo de Ministros bastante caldeado. Un niño llamado Renzo tomó el micrófono y preguntó al Presidente: "¿por qué la gente que no trabaja tiene más beneficios que la gente que trabaja?" Hubo un aplauso de aprobación.

Vázquez refutó el comentario respetuosamente, manifestando que "la aseveración que tú haces no es ajustada".

Y sí, es posible que Renzo haya escuchado esa crítica en su casa y no se haya hecho problema en reproducirla sin filtro, como nos expresamos en la etapa de la vida en que solo nos mueve la inocencia.

Lo cierto es que verbalizó a su manera una percepción que crece a nivel de la opinión pública, en forma proporcional a ese asistencialismo que obra a contrapelo de la cultura de trabajo.

Cuando hablamos de este tema, el argumento que suele manejar el gobierno y sus defensores es que el abatimiento de la pobreza y la indigencia se debe a esta justa transferencia de recursos a los más necesitados. Dan un paso más allá y agitan el cuco de la derecha insensible. No otra cosa declaró a la prensa el presidente Vázquez ese mismo día. Para él, la reducción de la pobreza "es fruto de las políticas sociales, que algunos quieren que las recortemos y no las vamos a recortar". Todavía está en nuestra memoria aquel inefable dibujo animado del sector de Fernández Huidobro en la campaña electoral de 2009, donde el villano cortaba las ceibalitas con una motosierra.

Lo que ese spot tergiversaba groseramente, el actual discurso del partido de gobierno lo mantiene incambiado. Y no hay que ser adivino para vaticinar que este será uno de los ejes de la campaña electoral oficialista en 2019.

Darán un mensaje muy clarito: si gana la oposición, pasa la motosierra.

Lo paradójico es que, habida cuenta de los últimos trece años de gestión, el próximo gobierno se verá obligado a utilizarla. Pero no para cercenar políticas sociales, sino para aliviar el gasto público de las excrecencias del despilfarro.

El sistema político tiene la obligación de sincerarse y discutir francamente de este asunto. No existen más los tiempos de "no hay que hablar de esto" ni de asumir posiciones tibias o ambiguas en previsión de no perder votos.

La mística frenteamplista de supuesto monopolio de la sensibilidad social, solo se combate exponiendo, argumentando con precisión las falacias que esconde. Hay que explicar que está bien auxiliar a los menos favorecidos con subsidios para que puedan sobrevivir, pero que lo esencial es darles las herramientas para que superen su condición. Hay que comunicar que un gobierno que fracasa en dotar a la educación pública de la calidad que requiere para ser motor de la movilidad social, lo que está haciendo es consolidar la dependencia de la caridad estatal y su uso con espurios fines electorales.

Un informe reciente de El País confirma lo que vemos todos los días, quienes caminamos por el centro de Montevideo. Hay un número inusual de personas viviendo en la calle. Muchas de ellas con claros indicios de haberlo perdido todo, por la adicción a la pasta base. Si desde la oposición se advierte sobre esto como un problema, seguramente dirán que somos derechistas insensibles que no queremos ver la pobreza. En realidad, lo que queremos es que ningún compatriota sufra esa dramática situación. Y resolverlo no pasa por regalarles unos pesitos ni capacitarlos para ser cuidacoches. Pasa por un Estado fuerte que invierta con eficiencia donde más debe hacerlo: educación que libere y trabajo que dignifique.

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