Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Dictadura de lo moderno

La celebrada implosión del Cilindro reavivó un debate cultural de honda significación. ¿El estado debe asumir la misión de preservar los bienes arquitectónicos tradicionales o promover su recambio y modernización?

La celebrada implosión del Cilindro reavivó un debate cultural de honda significación. ¿El estado debe asumir la misión de preservar los bienes arquitectónicos tradicionales o promover su recambio y modernización?

No hace falta aclarar que así como está planteada, se trata de una falsa oposición. Sin embargo, entre los defensores de dicho recambio se escucharon argumentos de este tipo en forma permanente. Con la demolición de Assimakos se dijo, por ejemplo, que no era más que “un edificio abandonado lleno de ratas” y que la tienda de vanguardia que allí se iría a abrir le daría más vida al barrio. Se relativizó la gravedad de su demolición, diciendo que la fachada era fea, como si una opinión subjetiva fuera suficiente para eliminar del acervo urbano una obra que se destacaba por su originalidad y eclecticismo.

Con el Cilindro se dijo que después de su incendio y derrumbe parcial no había nada más que hacer, obviando el detalle de que se podría haber reconstruido, en reconocimiento a que esta obra de Leonel Viera influyó significativamente en la arquitectura mundial, llegando incluso a inspirar con su innovador techo a los diseñadores del Madison Square Garden. También se dijo que antes del incendio, se llovía y ofrecía una acústica espantosa, obviando otros dos detalles: que si se llovía fue por la desidia e inoperancia de quienes estaban a cargo de su mantenimiento. Y que sus defectos acústicos se originaban en que nunca había sido pensado como sala de espectáculos musicales.

Sobre el error garrafal de haber destruido este hito de nuestro patrimonio, recomiendo la lectura del excelente artículo de Carlos Rehermann en la publicación digital www.henciclopedia.org.uy. Como ironía tal vez involuntaria, el diseño triunfador del concurso del Antel Arena resultó ser un cubo…

Con la estructura del Cilindro se convirtieron también en polvo los murales que adornaban su fachada. Supongo que si hubieran sido de Picasso o Dalí, por lo menos no se hubiese celebrado su destrucción con una fiesta pública transmitida en directo. Como eran de las uruguayas Claudia Anselmi, Beatriz Battione y Lala Severi, se ve que no se consideraron tan dignos de protección y respeto.

Como productor cultural, no puedo menos que celebrar que una empresa pública construya una nueva sala de espectáculos, dejando de lado la discusión jurídica de si esta acción es o no pertinente a sus cometidos. Lo que no entiendo es por qué este aporte tuvo que hacerse destruyendo un bien del pasado.

Esta negación de la tradición cultural se está instalando en Uruguay en múltiples áreas. La moda de estos tiempos es que las nuevas generaciones tienen el deber de reinventar la cultura, con total prescindencia de quienes los precedieron. Ya ni siquiera se trata de un parricidio, porque en lugar de matar de manera consciente los modelos de antaño, se los desconoce olímpicamente.

Quienes encendemos una luz amarilla somos tildados frecuentemente de conservadores, de estar atados al pasado y negar el progreso. Es un prejuicio que vivió su esplendor en la Italia de principios del siglo XX, cuando artistas que se dieron en llamar “futuristas” cantaron loas a las máquinas y se mofaron de la tradición literaria grecolatina.

No es casual que ese movimiento artístico fuera potenciado y aplaudido por el régimen fascista. Está más que claro: hay una correlación directa entre el irrespeto a la cultura y la capacidad de manipular políticamente a la sociedad. Cuanto menos cultura (o cuanto más cultura de menor calidad, que es un poco lo que está pasando por estos lares), más fácil resulta vender mentiras como verdades.

La eliminación de bienes culturales para desentenderse del pasado podrá no ser intencionada, pero existe. Un decreto de 2009, firmado por el entonces presidente Vázquez, impidió que los tesoros subacuáticos presentes en el Río de la Plata fueran extraídos por particulares o empresas privadas. La intención explícita fue loable: esos bienes son de todos y no habría por qué compartirlos con aventureros con patente de corso. Pero del dicho al hecho… El resultado fue que los tesoros quedaron allí, hundidos para siempre en agua y barro.

Algún privado, lícitamente afectado, le entabló un juicio al estado que obviamente ganó y terminamos pagando todos los uruguayos. Y la medida principista generó que las extracciones se siguieran haciendo en forma clandestina por los desconocidos de siempre, perjudicando al estado y a la cultura histórica del país.

Los actuales gobernantes se precian de haber bajado la indigencia. Sería bueno que los próximos, además, se encargaran de derrotar la pobreza cultural.

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