Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

No soy cúbico

Como ocurre desde hace casi cuatro décadas, la reciente Feria Internacional del Libro fue uno de los acontecimientos culturales más importantes del año.

Como ocurre desde hace casi cuatro décadas, la reciente Feria Internacional del Libro fue uno de los acontecimientos culturales más importantes del año.

En dos semanas de intensa agenda, la Cámara Uruguaya del Libro homenajeó a Eduardo Galeano, Carlos Maggi y Taco Larreta, entregó los premios Bartolomé Hidalgo, recibió a destacados escritores internacionales y puso en contacto con el público a decenas de narradores, poetas y ensayistas uruguayos.

En la entrada misma del atrio municipal, el stand de la Intendencia sorprendía con un vistoso artefacto: cuatro cubos giratorios superpuestos permitían “armar” múltiples cuerpos desnudos, mezclando al azar fotos de cabezas, troncos, genitales y piernas de hombres y mujeres de distintas edades.

El dispositivo fue creado por estudiantes de Bellas Artes y llevaba por nombre “Desencubate”. Según los comunicados de prensa, se trataba de un juego creado con el fin de “repensar el cuerpo humano y superar el binarismo masculino-femenino”. En principio resulta compartible la intención de combatir la discriminación hacia quienes, en el inalienable ejercicio de su libertad individual, eligen un sexo diferente a aquel con el que nacieron. El derecho de cada uno a vivir la sexualidad como le parezca es inherente a un régimen democrático, que solo diferencia a los ciudadanos por sus talentos y virtudes. Pero también puede discutirse un mensaje implícito, que es indicativo del modo en que algunos colectivos exacerban sus reivindicaciones sectoriales. Hace algún tiempo, la Intendencia dispuso que aquel organizador de milongas callejeras que había prohibido a dos mujeres bailar en pareja, asistiera a “talleres de género”. Bastaba con impedírselo. Pretender reeducarlo excedía las atribuciones de un gobierno municipal.

En otra oportunidad, expertos en diversidad redactaron una guía de educación sexual en la que, entre otras ideas, sugerían que el docente confesara a sus alumnos cuál era su propia orientación sexual. Como si el precioso tiempo de clase debiera usarse en hablar de la vida privada, cual “Gran hermano” educativo.

También se recuerda la ola de apoyos emocionados que generó en las redes sociales un relator de fútbol que confesó su condición de gay. Como si hubiera alguna ley que lo prohibiera. Como si, no siendo un demérito, ser homosexual fuera, contradictoriamente, una virtud. Ahora se suma esta iniciativa de los estudiantes de Bellas Artes, que asumen la misión de superar el binarismo masculino-femenino. Me pregunto qué sentido tiene superarlo. Por qué no alcanza con reconocer los derechos de todas las personas a vivir la sexualidad como les parezca. Por qué hay que agregar la obligación de cuestionar o relativizar la opción heterosexual. El propósito de estas organizaciones debería ser el respeto al derecho del gay o transexual a ser quien quiere ser. Pero muchas veces se transforma en el avasallamiento del derecho del heterosexual a permanecer respetuosamente al margen de esa elección. Está bien haber luchado para que todas las orientaciones sexuales fueran respetadas. Pero ahora que la ley lo consagra, debería ser tiempo de dejar de insistir en lo obvio y pasar a preocuparse por lo trascendente. A nadie debería interesar con quién nos acostamos ni qué genitales tenemos, lo que de verdad importa es que seamos buenas personas, con mejores valores y más cultura.

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