Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

¿Y si se callan?

Transcurría la cumbre de jefes de Estado de 2007, en Chile. El entonces presidente de Venezuela, Hugo Chávez, interrumpía en forma reiterada a su par español, José Luis Rodríguez Zapatero. 

Suponiendo que caería simpático a este socialista, el mandamás venezolano calificó al expresidente José María Aznar de fascista.

Pero Rodríguez Zapatero saltó en defensa de su predecesor. Como Chávez insistía, el rey Juan Carlos cortó la controversia con una expresión inolvidable: “¿por qué no te callas?”

Es lo que me resulta fascinante de la comunicación política: a veces una simple frase, dicha de manera espontánea, hace más por el destino de los pueblos que la más elaborada planificación estratégica. ¿Hasta qué punto el rezongo del rey consolidó el desprestigio internacional del régimen chavista?

Pero lo más revelador fue la consistencia institucional del gobierno español. Porque Rodríguez Zapatero podía haber subido al carro de Chávez y atacado a su adversario del PP; sin embargo, primó la defensa de su propio país y el reconocimiento hacia quien había sido votado por el soberano.

Ese paradigma debería ser tenido en cuenta por los dirigentes del FA que salieron en bandada a criticar al presidente Lacalle Pou, por su enfrentamiento con Alberto Fernández.

No recuerdo a ningún dirigente blanco, colorado ni independiente que haya fustigado a Tabaré Vázquez cuando, en aquel bochornoso discurso de asunción de Cristina Fernández, la entonces presidenta argentina reivindicó el corte de puentes contra la planta de Botnia, en la misma cara de nuestro primer mandatario. Quien en Uruguay se hubiera mofado de Vázquez en ese momento o hubiera dado razón a la portadora de los agravios, habría demostrado en los hechos ser desleal a la causa de su país.

El conflicto del viernes pasado fue similar en ese aspecto, porque la flexibilización de las limitaciones del Mercosur es una reivindicación común a todos los gobiernos uruguayos de las últimas décadas y así lo hicieron saber decenas de veces incluso los presidentes Vázquez y Mujica. Habla bien de Lacalle que la haya puesto de nuevo sobre la mesa, en una ceremonia que tuvo mucho de palabrerío políticamente correcto y poca sustancia.

En contraposición, me dio gracia escuchar a Alberto Fernández proponer la conformación de tres “observatorios” sobre temas que son importantes, pero que nada tienen que ver con el acuerdo comercial que justifica la existencia del mercado común. Ideas meramente ingeniosas para mostrarse propositivo, pero sin ninguna otra utilidad práctica que la de usar el bloque para seguir asignando cargos suculentamente rentados.

Cuando un presidente co-mo el nuestro habla fuerte y claro de los temas importantes (tratados de libre comercio, apertura de mercados, defensa del trabajo nacional), parece insólito que sus compatriotas de la oposición lo desacrediten y le den la razón al otro, solo por minúsculas afinidades ideológicas. Es sabido que de los voceros de los partidos más radicales nada se puede esperar, pero da pena que senadores y diputados que se autodefinen como socialdemócratas, también se hayan sumado a ese oportunismo electorero de baja estofa.

Mientras la oposición siga priorizando los libretos ideológicos sobre el interés nacional, seguirá arrinconándose en una extrema izquierda que la separa de las mayorías y la aleja de volver a disputar el poder.

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