Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Cadáver viral

El gore es un subgénero cinematográfico que no solo apela al terror: allí abundan las imágenes macabras, destinadas a un público afecto a la truculencia.

Son películas donde el argumento pierde importancia, en beneficio de la exhibición directa de situaciones aberrantes. Podría decirse que proponen una pornografía de la violencia. Por eso no hay nada más perturbador que ver la estética gore verificarse en la realidad.

El asesinato de Marcelo "el Pelado" Roldán pone en tela de juicio varias falsas certezas uruguayas. La principal: la forma en que el Estado controla las instituciones a su cargo. Es increíble que en un establecimiento destinado a rehabilitar a quienes infringen la ley, se produzcan asesinatos como este, con decapitación y antropofagia incluidas.

La forma en que el recluso Pereyra Da Silva lo asesinó, lo que hizo luego con el cadáver y la manera como irónicamente anunció su obra a la guardia, dan cuenta de otra cruda realidad (que no es la primera vez que ocurre): una mezcla de psicopatía peligrosa y mero afán de notoriedad, espejo deformante de una sociedad que asiste a esos actos con ánimo de entretenimiento, como queda demostrado por la viralización de las fotos del cuerpo de la víctima.

Hace unos años, una alumna de actuación con quien trabajábamos personajes de violencia extrema en una obra de teatro, entendió que a mí me divertía lo macabro y mostrándome un video en su celular, me dijo "te traje esto, profe, porque sé que te va a gustar". Era nada menos que la decapitación ante cámara del periodista Daniel Pearl, por parte de los integristas islámicos. Por supuesto que me negué a verla, por la repugnancia que me producía solo imaginarla.

Lo que parece claro es que la hipermediatización del mundo actual ha convertido las perversiones más monstruosas en motivo de entretenimiento. Tantos siglos de desarrollo social, tecnológico y cultural no parecen haber servido de nada: los humanos seguimos siendo los mismos que hace cientos de años se solazaban mirando la quema en la hoguera de Giordano Bruno o de las mujeres que, por contradecir la torpe moral de su tiempo, eran incineradas bajo acusación de brujería.

Lo único que cambió fue el escenario: antes era la plaza pública y ahora, los grupos de WhatsApp. ¿Cómo puede sorprendernos que existan homicidas de conducta tan aberrante, si no dudamos en convertirnos en sus entusiastas espectadores?

El horror sagrado que antes era capaz de provocar una obra de arte, como por ejemplo "Saturno devorando a su hijo" de Goya, hoy no se contenta con la reproducción de la realidad: reclama y exige la realidad misma. Es el mundo de los realities, que sustituyen el diálogo inteligente de una ficción guionada por palabrerío insulso que, sin embargo, otorga el atractivo voyeurista de ser real.

Como en el Gran Teatro del Mundo calderoniano, la realidad se ficcionaliza, no ya como una metáfora de la vida, sino peor, como un escape, un entretenimiento pueril que abreva en dolores y miserias verdaderas, para saciar un hambre de novedad sin sentido ni escrúpulos. Es una prueba más de cómo la violencia anestesia la sensibilidad y pervierte la convivencia.

Poco haremos para combatir la inseguridad pública, si no procuramos influir en los valores de quienes la consumen como un pasatiempo.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te recomendamos
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)