Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Bonnie & Clyde

Fueron difíciles de digerir las imágenes que divulgaron los amotinados del Comcar, apuntando fusiles robados contra los policías retenidos como rehenes.

Su actitud, en esa y otras fotos, revela mucho más que la certeza de tener el control del módulo carcelario. Hay por añadidura una actitud petulante; posan orgullosos de su gesta, como héroes de guerra embriagados de victoria. Es la consagración del lumpen, una subversión de valores que ya habíamos notado en videos virales de madres abofeteando a maestras, narcos disparando alegremente al aire y hasta divertidos infantes cambiando figuritas por cannabis.

Para ellos, infringir las normas ya no es vergonzante, como insisten en suponer algunas cabezas biempensantes. Hace años que el rapiñero uruguayo dejó de ser el Jean Valjean de "Los miserables", una víctima de la inequidad social que se ve obligada a robar, acorralada por la miseria. Tampoco es el épico Chueco Maciel reinventado por la ortodoxia progre como modelo de revolucionario.

La realidad no está tan entre esas nubes, sino a nivel de la grasera.

La creciente imposición de una cultura narco pone en entredicho la eficacia de las políticas sociales y señala la decadencia de la sociedad integrada e integradora que supimos ser. Y si no es atribuible a limitaciones socioeconómicas, más simplista aún es explicar todo por el auge mundial del narcotráfico. Ni culpar exclusivamente a las cabezas quemadas por la pasta base. La razón última es cultural e ideológica.

Importa ver qué pasó con nuestra idiosincrasia de "penillanura suavemente ondulada", como suele decir el antropólogo Nicolás Guigou, para haber naturalizado este fenómeno antisocial que nos golpea en la crónica roja de todos los días.

Me pregunto si no estamos probando de nuestra propia medicina, en esa tan uruguaya sobrevaloración de la rebeldía. La generación de nuestros padres jugó tanto con un chiche llamado democracia, que logró romperlo. A la nuestra le correspondió recomponerlo con los pedazos que pudimos rescatar.

Y el irrespeto a la autoridad legítimamente establecida fue siempre un atributo generador de simpatía, una viveza criolla del intelecto, una respuesta reivindicadora del instinto contra la grisura de lo racional.

Cuando dijimos No a la dictadura, esa rebeldía mostró su mejor aplicación práctica: los uruguayos éramos y somos ingobernables, tanto por Latorre como por Gregorio Álvarez, si quienes nos gobiernan avasallan la institucionalidad y los derechos humanos.

También vale y mucho cuando la aplicamos a destruir prejuicios y abandonar lugares comunes que nos enquistan en el pasado.

El problema se da cuando la rebeldía se convierte en una virtud en sí misma y, maniatados por la corrección política, nos negamos a defender valores inmanentes, como la democracia, la libertad y la convivencia pacífica, por miedo a parecer timoratos y conservadores.

Ahí es donde ganan protagonismo los que se fotografían sonrientes con escopetas robadas. Es triste que el espíritu saludablemente anarco de nuestros abuelos haya pasado a ser, con el tiempo, una indigna agachada de cabeza al vale todo de la narcocultura. Es lamentable que haya quienes aún miran la realidad a través del cristal edulcorado con que el cine estadounidense retrató a Bonny & Clyde, en aquella película de 1967. Tanto panegírico del delito, nacido de la mala conciencia de sociedades opulentas, concluye con esta ruin consagración del lumpen, en un pequeño país tambaleante.

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