Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

El arte al desván

Con toda razón, el director de la Biblioteca Nacional, Carlos Liscano, vuelve a quejarse del vandalismo que ocasionan los pegatineros sobre la fachada de esa institución.

Con toda razón, el director de la Biblioteca Nacional, Carlos Liscano, vuelve a quejarse del vandalismo que ocasionan los pegatineros sobre la fachada de esa institución.

Ya lo había hecho a raíz de unos afiches del colorado Fernando Amado. Ahora debe repetir la denuncia, por una acción similar emprendida por un candidato a concejal frenteamplista, que se auto denomina “Martín”. Lo que parece estar claro es que la falta de respeto a la estética urbana no hace diferencia de partidos y llega a incluir a quienes aspiran a gobernar la misma ciudad que hoy ensucian. Cuando yo era joven, los sectores políticos y sindicales que grafiteaban las paredes se justificaban diciendo que no podían acceder a otros medios de comunicación, por falta de recursos. Hoy, en cambio, una campaña publicitaria en Google o Facebook sale más barata que los litros de pintura que se necesitan para enchastrar las fachadas, y llega a más gente. Sin embargo, la fiesta sigue y nadie se toma en serio la proliferación de grafitis que ya son históricos, con bromas sexuales de todo color, expresiones discriminatorias e intolerantes y un etcétera tan vasto como la incultura prepotente que lo produce.

En los últimos años ha habido en Montevideo un saludable movimiento de arte callejero que, cumpliendo con los permisos correspondientes, permitió que distintos artistas nos regalaran obras extraordinarias en algunas fachadas y vallas de obras. Pero lamentablemente esta ha sido la excepción. Lo que más se sigue viendo es el grafiteo de garabatos ininteligibles en cualquier lado, sumado a insultos y estupideces con que algunos pretenden avasallar el derecho ciudadano a vivir en una ciudad limpia y hermosa.

El único monumento que recuerdo que se ha incorporado a la ciudad últimamente es el del “Greeting man” sobre la rambla del Buceo, de un dudoso valor artístico y escasa armonía con su entorno. Fuera de elogiables galerías fotográficas emplazadas por la Intendencia en algunos puntos de la ciudad, la difusión artística en espacios abiertos está absolutamente descuidada, llegándose a la vergüenza nacional de un Parque de Esculturas vandalizado y abandonado, quizás porque quien lo inauguró no es del agrado político de las actuales autoridades.

El desinterés de las sociedades por la cultura artística, su costumbre de esconderla en el desván, es directamente proporcional al deterioro educativo y la degradación de la convivencia. Durante el Renacimiento, las ciudades europeas sacaron el arte a la calle, y todavía hoy, siglos después, esa sabia decisión es promotora de su riqueza espiritual y material. En Montevideo preferimos tirar abajo el local de Assimakos (y ahora parece que también el encantador art decó del ex Hotel Riviera), porque algún ignoto funcionario no los encuentra en una lista de bienes protegidos, y porque la multa por demolerlos es irrisoria. Ahora los candidatos oficialistas hablan de trenes eléctricos, ramblas hasta el Cerro, 150 plazas nuevas y otras maravillas, pero poco y nada se les ha escuchado decir sobre la importancia de embellecer la ciudad con creaciones artísticas.

Es entendible: el arte no rinde en votos. Pero que después no se quejen de los hábitos desprolijos de los vecinos. Porque habría que hacer un paralelismo entre la impunidad de grafitear una fachada y la de agredir a un contrincante a la salida del estadio. Todo forma parte de lo mismo.

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