Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Apóstatas

El comando de campaña de Daniel Martínez acaba de publicar un spot publicitario que muestra a distintos referentes de nuestra cultura.

Como en otros mensajes del FA, en ese monólogo coral se deslizan sospechas infundadas sobre el comportamiento de la coalición del cambio, como que va a “poner en riesgo la igualdad de oportunidades”. También se habla de que los partidos de oposición se encerraron "en un cuarto a escondidas" para firmar acuerdos. Quien tomó decisiones a escondidas fue el gobierno, como el convenio con UPM o la sistemática negativa a realizar comisiones investigadoras sobre irregularidades sospechadas de corrupción.

El mensaje tiene la virtud de exponer a cámara a queridos representantes de la cultura, que prestan su imagen para oxigenar un poco el desgaste de los candidatos. Algunos lo hacen por absoluta convicción: eso me consta y es respetable.

Otros parecen más bien responder a lo que la comunicadora radial Lorena Bello disparó en Facebook hace un par de semanas: “¿Dónde está la cultura en este momento? ¿Dónde están ahora todos esos músicos uruguayos que desde hace 15 años se volvieron oficialistas y vienen cobrando suculentos cachés anuales como si fueran un cuerpo estable de artistas al servicio de los tres gobiernos del FA? A esos artistas y músicos (...) sería bueno verlos ahora aparecer en público (...) laburando GRATIS un rato para la campaña del balotaje y ganándose un poco más sensatamente esos sueldos que les pagamos desde el MEC, el MINTUR, las Intendencias de Montevideo y Canelones y desde Antel durante todos estos años”.

La misma inmoralidad que Claudio Paolillo denunciara en un antológico editorial de Búsqueda de 2016, ahora la explicitan como si fuera lo correcto. Como si los gobiernos nacional y departamentales y las empresas públicas contrataran artistas no para cumplir una misión de difusión cultural, sino para comprometerlos en un pacto mafioso de reciprocidad.

Y la verdad es que no parece casual que cuando hay intelectuales y artistas que se definen explícitamente contra el Frente Amplio, son insultados en las redes como Lucas Sugo y Diego Delgrossi, echados del sindicato de actores como Franklin Rodríguez o de la Udelar, como la socióloga Adriana Marrero.

Es que la intelligentzia progre no soporta a los apóstatas, a los que una vez fueron sus defensores pero hoy se hartan de tantas macanas y tanta intolerancia y deciden hacer público su enojo o tomar un camino propio.

Hoy parece que todo vale: incluso remarcar siete veces en un comunicado de APU los dos apellidos judíos del humorista Petinatti, por haber hecho un comentario jocoso contra el gobierno en el canal del Estado.

En tan desagradable contexto, que tiene más de chavismo que de República, el equipo de comunicación de la campaña de Martínez difundió una recomendación a la militancia de no insultar a aquellos a quienes ahora hay que pedir el voto. Dicen textualmente que en esta etapa conviene “respetar al que piensa diferente”, como si hubiera que aconsejar semejante obviedad.

Propongo a mis colegas una manera distinta de ejercer la labor intelectual: colocarse siempre en la vereda de enfrente del poder. No es tan cómodo pero seguramente es bastante más justo.

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