Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Apagar el piloto automático

Si en algo coincidimos todos es que esta crisis es una circunstancia nunca antes vivida. El desasosiego que provoca la pandemia parece el que deben sentir los habitantes de una ciudad sitiada.

Las escenas domésticas que muchas familias comparten en las redes sociales tienen un aire a las que John Boorman retrató en forma magistral en su película La esperanza y la gloria, que mostraba la vida cotidiana de una familia obrera en Londres bajo el bombardeo nazi.

Los chistes hogareños, las diabluras de los niños a cámara, todas esas demostraciones de felicidad forzada enmascaran como pueden la angustia de no tener bien claro qué va a pasar, cuándo va a terminar todo esto, qué nos espera en un futuro cercano.

Es un estado de espíritu inédito, que puede llevarnos por una montaña rusa de la depresión a la euforia, de la solidaridad al egoísmo.

Dejemos de lado por un momento las consecuencias económicas de esta crisis y concentrémonos en el impacto profundo que está generando en la convivencia.

Generalmente no respondo cada vez que recibo tontas fake news por WhatsApp. Pero en los últimos días tuve más de una reacción indignada contra cosas que me llegan: un video de una señora que dice todos los lugares comunes conspiranoicos (no se salva ni Bill Gates); un audio de una supuesta enfermera de un hospital uruguayo que anuncia un apocalipsis, llorando a gritos; la repugnante convocatoria a un caceroleo contra el gobierno, a la hora en que deberíamos estar aplaudiendo al personal de la salud...

Quienes estamos del lado de la racionalidad frente a una crisis que nos supera a todos, debemos trancar fuerte y claro a estos apóstoles del descontrol y el nihilismo. Los energúmenos son imposibles de convencer, pero hay mucha gente bien intencionada que reenvía esos mensajes. A ellos hay que explicarles que hoy debe erradicarse todo aquello que incite a la división de las personas, que genere pánico o asigne culpas que de nada sirve.

El problema está en reaccionar a la emergencia en clave de piloto automático.

“Buscamos mil opciones, no encontramos otra”, se excusó el presidente del Pit-Cnt, Fernando Pereira, ante el absurdo del caceroleo. Es lo mismo que decir: ya que no se nos ocurrió nada original, encendimos el piloto automático.

Pero esa forma de razonar debería modificarse. Llegó la hora de aplicar el “pensamiento lateral” que predicaba Edward De Bono: procurar la solución a los problemas por un camino indirecto, distinto al más obvio, al primero en venirnos a la mente. El gravísimo error táctico del Pit-Cnt pudo haberle dado algún rédito anoche (escribo esta columna antes de saber si su desafortunada propuesta tuvo éxito o no), pero seguramente lo deja pésimamente parado frente a una opinión publica consciente de que no es tiempo de marcar perfilismos, sino de sumar fuerzas para salir de este lío. Lo mismo puede decirse de los (felizmente) pocos dirigentes frenteamplistas que se subieron al carro.

El piloto automático vale también para otros actores relevantes de esta crisis. No hay duda de que, junto al personal de la salud y a la policía, los grandes héroes de la hora son los periodistas, con énfasis en los que conducen informativos de TV y se mantienen al pie del cañón.

Me permito poner en el debe algunas prácticas de los canales, que mal colaboran con las crisis personales y familiares vividas en el interior de los hogares. He visto un canal que sigue divulgando en sus interrupciones publicitarias las sinopsis de películas ultraviolentas: asesinatos a sangre fría, explosiones, catástrofes.

Lo que en tiempos de normalidad puede ser un entretenimiento que permite hacer catarsis de las rutinas y el tedio cotidiano, en épocas como la que estamos viviendo, lo que hacen es azuzar aún más la intranquilidad, las aprehensiones, el miedo irracional. Este no es tiempo de Rápido y furioso; es tiempo de Amadeus.

Del mismo modo, recurren al piloto automático los editores de informativos que intercalan imágenes truculentas del virus con música de película de terror. Esa espectacularización de la noticia sirve para épocas de calma, pero no agrega nada a un momento en que debemos combatir el pánico, para que la gente mantenga el control de sus actos y acate las normas sanitarias.

La Dirección de Cultura del MEC generó la plataforma culturaencasa.uy, que publica contenidos culturales diversos para ser disfrutados desde cualquier dispositivo. TNU está difundiendo micros en que sus comunicadores leen pasajes de libros.

Lo mismo hace en forma ejemplar un gran número de artistas, que en lugar de predicar odios y proferir reproches, cantan canciones, leen poemas, aportan cada uno su ladrillo para mantener de pie el edificio de la cultura que nos distingue y enaltece.

Esta pandemia es un episodio profundamente disruptivo.

Incluso en el uso que hacemos de nuestras redes, cada uno de nosotros es responsable de aportar al bien común: ni depresiones ni euforias.

Ética, solidaridad y cultura.

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