Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

15 años

Hace unos días, desconocidos desde una moto mataron a tiros a un chiquilín de 15 años en Delta del Tigre, departamento de San José. Es una más de tantas noticias que terminan pasando desapercibidas, por lo reiteradas que han venido resultando durante los últimos años.

Y otra vez el móvil parece ser la rivalidad entre bandas de narcos. Un ajuste de cuentas que acaba con la vida de un adolescente, parecido a cualquiera de nuestros hijos, pero condenado a ese fin prematuro por la circunstancia social que lo empujó al delito.

Urge un cambio de rumbo que ayude a poner fin a esta masacre sin sentido.

Algunos promueven la legalización de todas las drogas. Lo que a esta altura resulta evidente es que la regularización del consumo de cannabis dista de ser “el eficaz combate al narcotráfico” que tanto se publicitó en su momento.

Ya sea para abastecer la demanda que la vía legal es incapaz de atender, ya para atender otros segmentos aún ilegales, como la pasta base, la cocaína o las drogas sintéticas, lo cierto es que el narcotráfico está más fuerte que nunca y es el responsable de un altísimo porcentaje de las muertes violentas de uruguayos. O sea que el verso con el que se pretendió justificar el experimento de Soros en nuestro país ya no debería engañar a nadie. Tampoco da para seguir comprando la vieja apología del respeto a la libertad individual, esa de que el Estado no es quién para prohibir a nadie consumir lo que quiera, aunque le haga mal. Porque el daño no solo va para el que se droga: alimenta una monstruosa maquinaria delictiva que convierte en carne de cañón a chiquilines como este.

¿Se detendría esta masacre con la legalización total? Lo único que sabemos por ahora es que con la legalización parcial, se incrementó.

Mientras tanto, seguimos sin hincarle el diente a las campañas de información y sensibilización de la opinión pública. Los expertos en el tema suelen decir que una publicidad que dramatice acerca de los riesgos del consumo es contraproducente, sobre todo en los jóvenes, que serán siempre propensos a probar aquello sobre lo que los adultos los alertamos. Pero la estrategia de comunicación podría ser muy distinta.

¿Qué pasa si le mostramos al imbécil adinerado que se divierte aspirando cocaína, las caras y los nombres de las decenas o cientos de víctimas que deja el narcotráfico en sus operaciones delictivas? ¿Qué pasa si le decimos fuerte y claro: este chiquilín, Fulano de Tal, está muerto porque a vos te gusta merquearte? ¿Qué pasa si de una vez por todas combatimos en serio la demanda? Ah, ya sé, perdón, sería meterse con tu “libertad individual”, porque “tenés derecho a ponerte lo que quieras entre el pecho y la espalda”. ¿Sabés qué? Ese derecho vale poco, no vale nada, en comparación con tu obligación de impedir que los narcotraficantes sigan adueñándose de los barrios a sangre y fuego. Porque el único poder que tienen esos asesinos es el que les das vos, comprándoles su basura.

Esa es la actual disyuntiva del Estado: seguir “pateando hormigueros” como bien ha dicho el Ministro del Interior, o ir a fondo, complementando esa política represiva con otra, igual de enérgica, para una severa contención de la demanda.

Aunque algún imbécil adinerado proteste, porque se quiera poner freno a su perniciosa libertad individual.

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