Alejo Umpiérrez
Alejo Umpiérrez

Eutanasia

A raíz del proyecto presentado por el diputado Ope Pasquet se ha generado un muy interesante debate en torno a la eutanasia. Es un tema donde se entrecruza un núcleo bien importante de temas que van desde lo ético, lo médico, a lo religioso y hasta lo filosófico y lo jurídico.

El proyecto tantea delicadamente el terreno y no arriesga en profundidades que lo harían quizás no viable, como sería plantear la eutanasia en situaciones terminales donde el sufriente ha perdido la capacidad de discernir.

Este tema es un replanteo de una temática que registra antecedentes en un proyecto del diputado Gallo años atrás -que sí preveía la hipótesis de ausencia de voluntad del paciente- y vuelve a desatar una sana circulación de ideas que honra la esencia del instituto parlamentario, muchas veces envuelto en la necesaria y rutinaria cotidianidad.

Nuestra legislación recoge ya -norma poco conocida- una legislación sobre lo que se ha dado en llamar el “testamento vital” o “voluntad anticipada” (ley 18.473); o sea, la viabilidad jurídica de dejar planteada la posibilidad de acceder a la interrupción de tratamiento médico dando un consentimiento previo por escrito, en pleno uso de sus facultades síquicas, con intervención de escribano público y testigos, lo que podríamos incluir dentro de una definición de eutanasia pasiva. La eutanasia activa, en una de sus facetas, bajo el nombre de “homicidio piadoso” -aquel que se lleva a cabo por piedad bajo súplicas de la víctima por persona honrosa- se halla prevista por la pluma de Irureta Goyena en el art. 37 del Código Penal como eximente de pena desde 1934.

El tema de la eutanasia no es un planteamiento nuevo en el mundo. Sus raíces se hunden en la antigüedad clásica, cuando no, en el pensamiento griego. Su raíz proviene de esa lengua y significa “buen morir” (eu-thanatos) y era objeto de debate entre escuelas como las de los estoicos y los epicúreos. De allí proviene Hipócrates y su condena a dicha práctica.

Pero sin ir tan lejos ni andar en disquisiciones filosóficas profundas, los primeros que aplicaron la eutanasia por estos lares fueron nuestros gauchos en las contiendas civiles. Sin saber nada de la Grecia clásica ni de debates religiosos. Se llamaba “despenar” (quitar las penas) y era el acto de conmiseración hecha con el moribundo, muchas veces un amigo y a su solicitud de ser degollado para evitar el sufrimiento y la muerte segura, en medio de un campo de batalla lejano de cualquier asistencia sanitaria y donde un médico era una quimera. En definitiva, el acto llegaba a la esencia pura de la cuestión: la piedad.

Obviamente que hoy no se trata solo de piedad sino que debe ser visto en otra perspectiva adicional: la de la libertad. Ella debe ser el norte de cualquier sociedad y esa libertad en el hombre es total. Aún la libertad de elegir morir.

Comprendemos todas las perspectivas. Desde el ángulo religioso la vida es producto de un acto divino y solo quien lo dio puede quitarlo. Lo respetamos y como convicción podrá ser ejercida libérrimamente por todos quienes la compartan. Nadie ni por asomo, elucubra establecer la eutanasia como un acto obligatorio sino voluntario. Es más, creemos que hoy, con la prolongación totalmente artificial de la vida por medios mecánicos o científicos, el hombre traiciona a la naturaleza y se transforma por momentos en sucedáneo de un dios todopoderoso.

El acento debe ponerse en el sufriente, en su derecho humano a morir dignamente, y no en sus parientes o en el aspecto médico. Y esto no es incentivar al suicidio. Las estadísticas internacionales de países que tienen esta habilitación legal no avalan ese razonamiento. La ausencia de normas ha generado situaciones increíbles, de personas que viajan a países o Estados donde la eutanasia es permitida para poder tener una muerte digna.

El tema va por otro lado. Nadie en una sociedad democrática y laica puede imponer sus convicciones a los demás. Por lo tanto, ¿cuál es el camino? Como siempre, el único, la libertad.

Los cuidados paliativos son una opción y vaya que importante; pero son eso: paliativos. Combaten, no eliminan el dolor. ¿Está mal que el ser humano escape al dolor? ¿Es hedonismo? En algunos momentos de la civilización y de la religión, el padecimiento era parte de convicciones y conductas autoimpuestas y se ejercía con flagelaciones o silicio. Aunque minoritarias. El ser humano siempre ha escapado al sufrimiento. Así pasa con enfermedades irreversibles, como lo viví familiarmente. Uno ve un extraño límite entre el acto médico y lo que se ha dado a llamar el “ensañamiento terapéutico”. Ello ocurre cuando a una persona por medios químicos o mecánicos se le llevan los signos vitales (vida es otra cosa) a extremos de indignidad, siendo la mera prolongación de una maquinaria de última generación. Es hasta un hecho antijurídico someter a una persona a “tratos inhumanos o degradantes” como señala la normativa en materia de DD.HH.

No somos necrófilos, somos profundamente amantes de la vida. Pero de la vida mientras es vida como tal, no meramente biología. Por ese motivo creemos que al lado del derecho a vivir, o mejor dicho, la contracara de la misma moneda, hay un derecho a morir. Y no lo limita ni el Estado ni consideraciones de “interés general”.

Y se ejerce individualmente, desde la libertad.

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