Alejandro Lafluf
Alejandro Lafluf

Vientos de cambio

Luego de quince años en el Gobierno, el proyecto del Frente Amplio ha mostrado todo lo que tenía para mostrar y ha dado todo lo que tenía para dar. Tanto sus resultados como la estrategia desplegada están a la vista de todos.

El empeoramiento de las condiciones de vida es, a mi juicio, la prueba incontestable del agotamiento de ese proyecto. En materia económica el gobierno deja un déficit de casi 5 puntos (el peor registro en 30 años) que ha elevado el endeudamiento y ha determinado una presión tributaria y tarifaria excesiva -cuyo peso recae en las espaldas de todos los uruguayos-, una economía estancada, que hace cuatro años que no crece, que no es competitiva y que destruye empleo -se han perdido más de 50 000 puestos de trabajo-, una pléyade de proyectos fallidos y desastres de gestión que hemos pagado todos, un campo complicado -con costos prohibitivos, donde cada día, 6 productores de menos de mil hectáreas, se ven obligados a vender su tierra- destruyéndose así un valioso entramado familiar y productivo, el drama de las pequeñas y medianas empresas -que ya no soportan más- y una pobre inserción internacional que nos obliga a pagar millones en aranceles para poder colocar nuestros productos. En materia social la realidad no es muy distinta. El agravamiento de la inseguridad (con cientos de homicidios y decenas de miles de rapiñas como jamás se había visto), el abigeato, toneladas de droga pasando frente a nuestras narices, la violencia sobre las mujeres, sobre los médicos y educadores, la violencia en las cárceles -37 muertes el año pasado-, un sistema educativo que no educa -el 60% de nuestros jóvenes no termina el liceo- y que perpetúa la desigualdad -el INED ha reconocido que la política educativa no favorece a los sectores más vulnerables-, el desempleo de nuestros jóvenes -que ya supera el 25%- donde cada día son más los que sueñan con irse del país; los índices escalofriantes de fragmentación social -1 de cada 2 niños uruguayos padece exclusión-, el desamparo de la gente en situación de calle, la realidad de los asentamientos -donde tenemos ya casi cien más.

Esta es la realidad de la gestión. Inexcusable, por sus condiciones e imperdonable por sus efectos. El Gobierno contó con quince años, con mayorías absolutas y con una bonanza histórica, para llevar adelante sus ideas. Si tuvieron todo el tiempo, to-do el poder y todo el dinero, entonces no hay excusas. Lo imperdonable es que no se trata solo de cifras o números sino de personas.

El Gobierno ya no sabe cómo lidiar con esta realidad y por eso la disuelve o la disimula. Así, en lugar de hacerse cargo de la educación promueve el pase social, en lugar de construir viviendas nos habla de soluciones habitacionales, en lugar de aumentar las escuelas de tiempo completo organiza escuelas de jornada extendida -esas donde los alumnos se pueden quedar pero los maestros se pueden ir-, en lugar de reconocer la pobreza y la inflación nos dice que si alguien vive en el interior y gana $ 9000 no es pobre y que el índice de precios que corresponde considerar es del año 2005 -mostrando así mediciones correctas pero que no reflejan la pobreza y la inflación real que padecemos.

La política tiene que ver con la gestión pero sobre todo con las ideas y valores que informan las decisiones de gestión. La gestión de un país no es más que la consecuencia de una forma de pensarlo. Si la gestión fracasa es porque la estrategia -que está detrás- fracasa. Y ¿cuál ha sido la estrategia? La estrategia de la izquierda ha sido siempre cuantitativa. El Frente Amplio no puede dejar de pensar en términos cuantitativos y es esta lógica lo que explica el agotamiento de su proyecto. El Gobierno piensa que para resolver la seguridad, la educación, las políticas sociales, etc. basta simplemente con asignar más recursos. Y para resolver el financiamiento de esos recursos, basta simplemente con aumentar el endeudamiento, los impuestos y las tarifas que pagamos todos. El Gobierno no entiende las estrategias cualitativas. Por eso, palabras como “productividad”, “rendición de cuentas”, “mecanismos de evaluación”, “asignación diferenciada”, “justicia tributaria”, “contrapartidas”, “calidad institucional”, “descentralización”, “rehabilitación”, “responsabilidad”, “mérito”, “eficiencia” son solo eso, palabras, y no herramientas o conceptos fundamentales a la hora de gestionar un país.

Están tan obsesionados con su estrategia cuantitativa que suponen que sus adversarios políticos piensan igual. Entonces cuando ellos dicen “más” imaginan que los blancos decimos “menos”. Y los blancos decimos “mejor”. El Gobierno no puede hacer las cosas mejor porque no puede hacerlas distinto. Y no puede, porque no concibe otra estrategia que no sea cuantitativa -y por eso su proyecto está agotado.

La estrategia cuantitativa, aunada a la ideológica, explica el fracaso de la gestión y el agotamiento del proyecto. Necesitamos un cambio de rumbo. Una estrategia distinta, que vea problemas, no enemigos, que busque soluciones, no culpables.

Wilson decía que al final solo importan dos cosas: que el país sea viable y que su gente sea feliz. Es tiempo de que el Partido Nacional se haga cargo y asuma la responsabilidad. Nos merecemos un país mejor.

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