Alejandro Lafluf
Alejandro Lafluf

La sociedad del mercado

La mayoría de los países de Occidente vive en democracias políticas, economías capitalistas y sociedades plurales. El Uruguay, por supuesto, no es la excepción.

Ahora bien, desde un tiempo a esta parte -concretamente en las últimas tres décadas- venimos asistiendo a una creciente frustración de las sociedades occidentales hacia los sistemas políticos en su conjunto, complementada por un creciente empobrecimiento del debate público -por momentos, repleto de insultos y de ruido- donde el diálogo brilla por su ausencia.

Michael Sandel dice que existe una profunda conexión entre aquella creciente frustración y esta suerte de vacío en el discurso público. Lo que conecta ambos fenómenos es la suposición de que los mercados son el principal mecanismo para definir y alcanzar el bien público. Hemos convertido nuestras economías de mercado -dice Sandel- en sociedades de mercado. Y esto es un problema.

La economía de mercado es una herramienta valiosa y eficaz para la organización de la actividad productiva. Sin embargo, una sociedad de mercado es un lugar donde todo está en venta. En las últimas tres décadas, la lógica de mercado ha exorbitado completamente el mundo de los bienes materiales y ha empezado a dominar todos los aspectos de la vida social (relaciones personales, vida familiar, medios, salud, educación, política, deportes, cultura, etc.).

¿Por qué debería preocuparnos vivir en una sociedad de mercado? Por dos razones dice Sandel. Primero, porque cuanto más cosas el dinero puede comprar, más duro es ser pobre. Si el dinero rigiera solamente el acceso a los bienes materiales la desigualdad no importaría demasiado. Pero cuando el dinero empieza a determinar el acceso a los elementos esenciales de la vida (buena educación, asistencia médica decente, zonas seguras, influencia política) la desigualdad importa profundamente. La mercantilización de la sociedad es grave porque agudiza el aguijón de la desigualdad, dice el filósofo norteamericano.

Pero todavía hay una segunda razón. Cuando la lógica del mercado gobierna más allá de los bienes materiales, tiende a erosionar, corromper y desplazar a los demás valores, generando violencia y degradación cultural. Sandel pone dos ejemplos extremos (casi absurdos) para ilustrar su punto. ¿Por qué no permitir que funcione -por ejemplo- un mercado de venta de órganos? Si razonáramos exclusivamente en términos económicos es evidente que allí hay una oferta y una demanda que podríamos satisfacer. Lo mismo ocurre con la falta de hábito de lectura en ciertos alumnos. Si razonáramos en términos económicos podríamos ofrecerles dinero como incentivo para que lean.

¿Por qué estos dos ejemplos nos sublevan? Porque sabemos que son una aberración moral. Ahora bien, que todos sintamos esto indica que la mercantilización tiene límites. Sabemos perfectamente que hay determinados bienes que poseen un valor intrínseco que no podemos monetizar, que existen determinadas prácticas sociales que no pueden ser objeto de valuación económica e intercambio. El hábito de lectura de un alumno debe ser cultivado moralmente, no incentivado económicamente.

La mercantilización de la vida social ha avanzado no por oscuras conspiraciones sino porque vivimos en sociedades plurales donde sabemos que, tratándose de cuestiones morales, todos tenemos diferentes puntos de vista. Asumimos entonces de antemano que no vamos a ponernos de acuerdo y dejamos de dialogar. Al abdicar de este modo y no tener discusiones morales acerca de las cuestiones fundamentales, dejamos --sin querer- libradas las cosas a la economía.

Nuestras sociedades son más desiguales que las sociedades de nuestros padres no porque antes no existieran brechas o diferencias económicas -por supuesto que las había: somos más desiguales ahora porque hemos convertido los bienes sociales en bienes económicos. Esa es la verdad.

La desigualdad nos golpea no porque vivamos en una economía de mercado sino porque hemos decidido vivir en una sociedad de mercado. Revertir esto es responsabilidad del sistema político, que debe garantizar la calidad de lo público y la presencia del Estado, pero también es una responsabilidad social compartida que todos debemos asumir.

Por eso rechazo la neutralidad ética de los neoliberales y la “economía social de mercado” de la centroizquierda; porque ambas posturas comparten la misma fascinación por lo económico y ambas conducen a la mercantilización de la vida social.

Es evidente que necesitamos una economía de mercado pero eso no implica que esta lógica deba gobernarlo todo. La fragmentación social que padecemos es consecuencia directa de la mercantilización de la vida. Vivimos, trabajamos, nos educamos, nos curamos y nos divertimos en lugares diferentes, cada vez más separados. Aristóteles nos diría que no es una buena manera de vivir.

Sandel cuenta que cuando era pequeño su padre solía llevarlo a ver los partidos de béisbol. Las entradas más caras costaban apenas un poco más que las entradas populares. Todos miraban el partido juntos y cuando llovía todos se mojaban. En los 80 empezaron a construir palcos y a partir de allí todo cambió: ahora todos miraban el partido separados y cuando llovía ya no todos se mojaban. Que sucedan estas cosas en los estadios deportivos, en última instancia, no es tan grave. Lo grave -advierte Sandel- es cuando decidimos hacer lo mismo con todos los aspectos de la vida.

Necesitamos repensar las cosas. No podemos continuar por este camino. La economía es importante pero no todo está en venta. Tenemos que crear las condiciones para una buena vida en común. No se trata de ser libres, sino de ser libres juntos. Y por supuesto que vamos a tener diferencias morales acerca de las cuestiones que más importan. Pero aunque nos pese, no podemos renunciar a debatir razonadamente acerca de ellas, porque al final -como dice Sandel- tenemos que vivir las respuestas.

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