Alejandro Lafluf
Alejandro Lafluf

Semblanza de un líder

No resulta fácil escribir acerca de un amigo. En especial cuando se ha ido. Solo cuando el dolor amaina uno puede encontrar las palabras. Pero ¿cómo poner en palabras una vida de lucha, de entrega, de compromiso y sacrificio por el país?

Si tuviera que elegir una, no dudaría, elegiría pasión.

Creo que todos los que llegaron a conocerlo coincidirán en esto. Sin embargo, debo apresurarme a aclarar que la pasión de Jorge no era más que el rostro de una convicción mucho más profunda. Su pasión era la pasión por una causa. Y si lo apasionaba era porque lo afectaba -no en vano pasión viene de padecer.

A Jorge le dolía el país y su gente. Esa es la verdad. Esa convicción y esa pasión lo condujeron naturalmente, y tempranamente, a la política, donde sabía que podía encontrar las herramientas para dar respuesta. Convicción, pasión, responsabilidad y compromiso, resumen toda su identidad política.

Sus dos frases de cabecera eran “Cuando se sale, se llega” y “No hay que cansarse de ser bueno”. Si no hay pasión por una causa ni siquiera “se sale”. Por eso la pasión viene primero. Pero cuando se sale “se llega”. Y esto no tiene nada que ver con la meta.

Para Jorge significaba dos cosas: primero que la pasión tiene que ir atada siempre a la responsabilidad. La pasión sin responsabilidad es desamparo, es vanidad. Y segundo, que nunca se sale a medias. Que no se vive a medias. Que cuando se sale, se sale con todo. Poniéndole el corazón a las cosas. En definitiva, que se trata de vivir y que vivir éticamente es un hábito donde no vale cansarse. Por eso, pasión sí, desborde no. Valentía sí, temeridad no. Solo se desborda el que no sabe adónde va y solo es temerario el que no sabe construir con los demás. Jorge jamás se desorientó con las ideologías.

Y le ahorro el suspenso mi estimado lector. Por supuesto que tenía defectos. Pero sus defectos eran sus propias virtudes. Como sucede siempre y como nos sucede a todos. Si eres puntual, algún día esa puntualidad te jugará una mala pasada. Si eres estudioso o trabajador quizás en algún momento te olvides de disfrutar o de descansar. Si eres callado, algún día te equivocarás, porque quizás lo que se necesitaba de ti en determinado momento era que hablaras, no que callaras. Y lo mismo si eres apasionado.

Jorge lidiaba con su energía y con su fuerza de la mejor manera que podía. Se equivocó muchas veces, pero siempre pecó por exceso, jamás por defecto. Tenía mucha suela. Y eso le daba una capacidad extraordinaria para interpretar la realidad y hacerse a medida. Si las circunstancias exigían darle voz al asunto entonces tomaba la palabra, si reinaba el desgano le ponía pasión, si lo que faltaba era ejecución se ponía manos a la obra y lideraba con su ejemplo, si era necesario escuchar entonces lo hacía, y si se trataba de calmar los ánimos también sabía hablar con su silencio.

Observador como pocos. Te trataba fuerte solo cuando se había asegurado de que tú también lo eras. Jamás lo vi tratar con dureza a alguien vulnerable. Al contrario, si te veía triste te hacía reír y si te encontraba abatido era rápido para darte un abrazo.

Hay muchas anécdotas, pero todas ellas cuentan la misma historia y dibujan, una y otra vez, la misma semblanza. La de un hombre frontal, abierto, afectuoso, honesto, generoso y comprometido; que amaba a su familia y a su país por encima de todo.

Le dolía la desigualdad de oportunidades. Por eso siempre abrazó la descentralización como bandera. No quería líneas divisorias ni privilegios entre los uruguayos. Insistía con que había que estar atentos, sobre todo a las líneas invisibles que nos separan, para tratar de verlas y atacarlas a tiempo, antes de que se vuelvan dolorosamente visibles.

Profundamente artiguista. Entendió siempre la importancia de las tradiciones. Muchos se preguntaban qué sentido tenía subirse a un caballo para hacer cientos de kilómetros durante días. Pero no lo hacía por diversión sino por el ejercicio de memoria que esto representaba. “El que no recuerda de dónde viene, no entiende adónde va” me dijo una vez. Ese era Jorge y por eso era un líder. Y lo fue tanto cuando le tocó comandar como cuando le tocó acompañar. Porque acompañaba con la misma fuerza con la que comandaba. Acompañaba liderando.

Al final vino el Ministerio del Interior. Su designación para semejante tarea no sorprendió a nadie. Jorge estaba en su mejor momento. La experiencia de haber vivido, de haber conocido el triunfo, la derrota, la adversidad, de haber perseverado siempre; le había templado el alma y lo había preparado de la mejor manera para gobernar.

Apenas asumió, su mensaje no se hizo esperar: “Seguridad afuera y dignidad adentro”. Sin seguridad no hay libertad, pero sin dignidad, no hay nada. Y así fue.

Desde el primer día se ocupó de darle el respaldo necesario a la Policía para que pudiera cumplir cabalmente con sus funciones. Pero también desde el primer día se ocupó de implementar un Plan de rehabilitación que le devolviera la dignidad y la esperanza de un futuro a las personas privadas de libertad.

Por eso, el lamento de las sirenas policiales y los cientos de mensajes de familiares de reclusos, ante la terrible noticia de su muerte, quedarán para siempre como un testimonio incontestable de su persona y de su manera de hacer política.

A veces pienso que todo ocurre como si los valores del Partido Nacional encontraran, de vez en cuando, la forma de encarnarse todos juntos en una misma persona. Como si aguardaran a que aparezca alguien, con la generosidad, el coraje y el compromiso suficiente como para dejarse atravesar por ellos.

Y cuando eso ocurre entonces surge inevitablemente un líder como Jorge Larrañaga que se encarga de levantarlos bien alto. Estos valores representan nuestra esencia y siguen ahí permeando a todo el partido y al país entero. Debido a ellos, el vacío de la ausencia de Jorge se siente, pero gracias a ellos, la esperanza de que su sueño se cumpla, está intacta.

Hasta siempre Guapo.

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