Alejandro Lafluf
Alejandro Lafluf

La sabiduría de lo propio

Vivimos en una era caracterizada por lo mediático y lo digital. En ese mundo tratamos de lidiar con la información de la mejor forma que podemos.

Umberto Eco fue el primero en detectar dos actitudes básicas frente a este fenómeno. Llamó a la primera “apocalíptica” y a la segunda “integrada”.

La actitud apocalíptica dice que la sociedad de la información genera una sociedad de masas que manipula emocionalmente al público, promoviendo contenidos superficiales, mitos y estereotipos que degradan la cultura. Según esta visión el sistema es malo y por lo tanto debemos rechazarlo y mantenernos al margen.

La actitud integrada dice que la sociedad de la información es buena, permite difundir la cultura popular, abrir nuevos escenarios y sensibilizar a las audiencias en relación al mundo. Según esta visión no es posible ubicarnos en los márgenes del sistema porque esos márgenes no existen, estamos todos, irremediablemente dentro.

Frente a estas dos posturas Eco emite sentencia: “Ni apocalípticos, ni integrados”. La clave (o el equilibrio) pasa por asumir una actitud crítica. El problema no es la industria cultural o la sociedad de la información -di-ce el filósofo italiano- sino el consumismo, la interpretación superficial, irresponsable, pasiva, acrítica, de los contenidos mediáticos o digitales. La red no selecciona la información, ni la ordena ni la jerarquiza. Es necesario un filtro y ese filtro es una de las principales responsabilidades de nuestro tiempo.

La cuestión de fondo dice Umberto Eco es preguntarnos qué estamos haciendo -además del distanciamiento irónico- para transformar el mundo, para mejorarlo.

Ahora bien, ¿cómo asumir una actitud crítica y constructiva en un mundo global que nos bombardea permanentemente con problemas y mensajes de todo tipo? La mejor forma, a mi juicio, es apostando por lo propio. Por eso pienso que el camino elegido por el Gobierno para enfrentar esta pandemia ha sido acertado. Entre una actitud global abierta (casi snob) y una actitud local cerrada (casi chauvinista) existe una actitud distinta que toma lo propio como bandera.

Lo propio es el término medio entre lo singular y lo universal. No se cierra a lo que ocurre en el mundo pero tampoco adopta ciegamente sus problemas ni sigue celosamente sus mandatos. Esta actitud es clave, porque los problemas que ocurren en el mundo, siempre asumen una determinada forma en el ámbito nacional. Se expresan de cierto modo. Es inevitable que así sea. Como lo propio atiende, precisamente, al “modo” en que los problemas se manifiestan en el ámbito nacional, puede medir de mejor manera, tanto la realidad como la gravedad de los problemas, y encontrar así el modo más eficaz de enfrentarlos. Lo propio es la historia, la memoria, la tradición, la cultura y la idiosincrasia de un pueblo. Desconocerlo es desconocer las luchas que han forjado nuestros valores y le han dado forma a nuestra identidad nacional.

Lo propio, no es otra cosa que lo singular “apropiándose” de lo universal. Lo universal sin lo local es vacío; lo local sin lo universal, es ciego. Lo propio no es ni vacío ni ciego, sino crítico. Y porque es crítico no es ideológico. La actitud ideológica es peligrosa porque crea los problemas para poder solucionarlos. El ideólogo adopta como lema la ironía de Locke: “si la realidad no coincide con mis palabras, peor para la realidad”. El ideólogo divide para reinar.

El Gobierno desde que comenzó esta crisis adoptó una postura crítica -no fue apocalíptico ni integrado. Observó cuidadosamente como la pandemia que afectaba al mundo se manifestaba en nuestro país. Se dejó guiar por lo propio y construyó un camino nacional que le permitió responder de manera eficaz y responsable, obteniendo los resultados que hoy el mundo reconoce.

Ni orfandad, ni cuarentena obligatoria, ni miedo ni temeridad. A la uruguaya. Con libertad, responsabilidad, prudencia y coraje. Como increíblemente dijo mi hijo de seis años “No hay que tener miedo papá, hay que tener cuidado”. Es cierto, aunque lo diga un niño pequeño. De eso se trata, de avanzar con cuidado, porque solo el que avanza necesita tener cuidado. El peligro es real, pero también, la necesidad de enfrentarlo. Para enfrentarnos a lo desconocido necesitamos la prudencia de la ciencia y el coraje de la política.

Con la política ocurre igual. Porque la política también está viva. Y una política viva escucha las conclusiones de la ciencia, pero sabe que en el fondo, no se trata de llegar a una conclusión, sino de tomar una decisión. Y esa decisión, en un estado democrático, le corresponde a la política. Fernando Mires lo resume bien: “la economía dice: el que no come no vive, la medicina responde: el que no vive no come”. La política debe hacerse cargo y resolver este dilema.

La economía y la medicina son ciencias. Y como tales, deben mantenerse en su ámbito y no desbordarse.

La política no es una ciencia sino un arte. El arte de lo posible.

El equilibrio es posible, y corresponde a la política, hallarlo a cada paso.

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