Alejandro Lafluf
Alejandro Lafluf

Lecciones de una pandemia

Vivimos tiempos difíciles. La crisis sanitaria desatada por el coronavirus ha puesto en jaque a la mayoría de los países del mundo. 

Sin una vacuna en el horizonte, la mejor estrategia que tenemos es impedir la propagación exponencial del virus -aplanando la curva de infectados- de tal modo de evitar el colapso del sistema sanitario y las trágicas consecuencias que semejante escenario aparejaría.

Extremar los cuidados, abstenernos de cualquier actitud que pueda agravar la situación y respetar las medidas ordenadas por las autoridades son, sin duda, nuestras principales armas contra la escalada del virus.

Seguramente la pandemia que estamos padeciendo dejará muchas lecciones. Por el momento me interesa destacar dos que entiendo fundamentales, no solo porque son útiles ahora, durante el desarrollo de la crisis, sino porque también lo serán en el futuro, una vez que la misma disminuya o concluya. Me refiero concretamente al Valor de la Prevención y al Valor de la Solidaridad.

El valor de la prevención sea quizás la lección más valiosa que nos dejará esta pandemia. El caso italiano, en este sentido, resulta emblemático. El 20 de febrero Italia tenía apenas cinco casos confirmados de coronavirus y en apenas tres semanas saltó a 24.700 casos, con más de 1.800 personas muertas. La cuarentena dispuesta -cuando el virus ya se había expandido- llegó demasiado tarde y fue letal.

Por lo tanto, corresponde destacar la actitud responsable adoptada por el Gobierno al disponer de forma tempestiva las medidas de prevención pertinentes (garantizando la cobertura de salud, el control de fronteras, la suspensión de las clases, el suministro de alimentos, limitando las aglomeraciones, disponiendo medidas de aislamiento, informando de forma transparente y cotidiana, autorizando créditos blandos y difiriendo el pago de tributos a las pequeñas empresas, flexibilizando el seguro de paro y coordinándolo todo a través de un Comité de Crisis interministerial).

Lo mismo corresponde hacer con los distintos actores sociales involucrados, en especial con los trabajadores de la salud, cuyo compromiso, seriedad, seguimiento, coordinación y profesionalismo son dignos de reconocimiento y agradecimiento.

Por último, pero no por ello menos importante, corresponde destacar la conducta de los uruguayos, que sacrificando muchas cosas, no han subestimado la importancia de las medidas de prevención dispuestas y en su gran mayoría (siempre lamentablemente habrá excepciones) las han entendido, respetado y acatado.

La segunda lección que nos ha legado esta crisis es el valor fundamental de la solidaridad. La lucha contra el coronavirus constituye una causa colectiva. Es evidente que estamos frente a un enemigo común. Se trata de una amenaza que nos afecta potencialmente a todos.

Ahora bien, frente a un problema colectivo, lo racional, es actuar colectivamente. Las estrategias individuales simplemente no funcionan. Los ejemplos del tapabocas y del alcohol en gel son ilustrativos. No tiene sentido que un individuo compre una cantidad excesiva de tapabocas o de frascos de alcohol en gel e imagine que -a pesar del desabastecimiento que genera- se ha puesto a salvo. No es así.

Frente a un problema colectivo las estrategias individuales no funcionan. Y no funcionan porque no son suficientes. Ese individuo debe comprender que si los demás no acceden a estos insumos, ni aunque posea un millón de tapabocas evitará contagiarse. Lo racional por tanto es no hacer cosas que pongan en riesgo al conjunto, tales como abastecerse excesivamente perjudicando el acceso de los demás a este tipo de insumos.

La solidaridad, en materia de problemas colectivos, es, antes que nada, un imperativo racional. Frente a un problema de naturaleza colectiva se impone la actuación coordinada y en conjunto como mandato racional. Se trata de la forma más eficiente de comportarse porque es la única estrategia que conduce a la solución de un problema que nos afecta a todos. Actuar colectivamente frente a un problema colectivo no solo es una buena manera de actuar (ética), sino que es la mejor forma de actuar (lógica).

La solidaridad es actualmente una lección valiosa pero también lo será en el futuro cuando la pandemia disminuya y nos toque enfrentar otras causas colectivas como la falta de educación, la inseguridad, la calidad del medio ambiente, la pobreza, la desigualdad de género, la discriminación, el desempleo, las personas en situación de calle, etc. Estos flagelos también son enemigos comunes y también son causas colectivas sin importar el número de personas afectadas.

Es cierto que resulta más fácil advertir el carácter colectivo cuando se trata de un virus que realmente puede contagiarnos a todos. Pero así como entendemos que esta pandemia nos involucra a todos, a pesar de que no nos hayamos contagiado, es imperativo entender que también el desempleo nos afecta aunque tengamos trabajo, que la inseguridad nos afecta aunque no hayamos padecido ningún delito, que el medio ambiente nos involucra a todos aunque el río contaminado se encuentre lejos, que la pobreza nos afecta aunque no la padezcamos o que la discriminación nos comprende a todos aunque no la hayamos experimentado nunca.

Un problema es colectivo no porque nos afecte actualmente sino porque potencialmente puede afectarnos. Por eso un problema colectivo seguirá siéndolo sin importar el número de personas afectadas -y sin importar si somos o no (actualmente) una de ellas. Si un problema nos “involucra” entonces el “involucramiento” es inevitable. Y si ese problema es colectivo entonces el involucramiento solidario se torna imperativo.

Es vital para nuestra democracia tomar conciencia de la naturaleza colectiva de nuestros problemas y actuar en consecuencia, de tal modo que nuestros actos y decisiones no entorpezcan, compliquen o demoren la solución de problemas que nos afectan a todos, y que por lo mismo, exigen de nosotros un comportamiento solidario.

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