Alejandro Lafluf
Alejandro Lafluf

Estatismo y realidad

Si para el neoliberalismo el Estado es el “enemigo” para la izquierda el Estado es la solución -dice Giddens.

Ahora bien, ¿cómo llega a semejante conclusión la izquierda cuando Marx dice que el Estado debe desaparecer porque no es más que un instrumento de dominación de clase? Precisamente en ese resabio marxista está la respuesta.

La izquierda tomó de este pensamiento solo su premisa más no su consecuencia. Vio en el Estado un instrumento de poder. Por eso en lugar de extinguirlo decidió utilizarlo. Si en el marxismo el Estado es un instrumento de dominación de clase destinado a desaparecer, con la izquierda se convierte en un instrumento de poder destinado a prevalecer.

¿Por qué el Estado es la solución? Porque el estatismo no busca generar oportunidades sino satisfacer necesidades. La libertad no es individual sino “colectiva” y no se caracteriza por la ausencia de coacción sino por el “poder”. Y ¿quién es el “colectivo” con más “poder” para “satisfacer necesidades”? El Estado.

El Estado será entonces el encargado de garantizar los derechos. Y no de forma abstracta (derecho al trabajo) sino de forma concreta (derecho a un trabajo). Como el mercado es incapaz de garantizar derechos de ese modo, el Estado lo hará. Nace así el “Estado Benefactor”.

El estatismo no escatimará recursos y apelará a todos los medios económicos a su alcance para satisfacer todas las necesidades y garantizar un trabajo. El Estado lo hará aunque ello implique aumentar la burocracia, caer en el clientelismo, aumentar la plantilla de funcionarios públicos o ahogar con impuestos y tarifas al sector productivo. El presupuesto público se aumentará aunque no haya recursos genuinos para financiarlo (déficit) y deba recurrirse a la emisión o al endeudamiento. El Estado no reparará en los medios porque el fin que persigue así lo justifica.

Por supuesto el lector intuirá lo que sucede cuando el cheque del Estado Benefactor se queda sin fondos -como dice Mauricio Rojas. La izquierda no termina de entender que el Estado no es todopoderoso. Solo puede hacer cuatro cosas: o cobra impuestos, o emite, o se endeuda o recarga las tarifas públicas de sus monopolios. Y estos cuatro instrumentos tienen límite: la presión tributaria excesiva conduce al desempleo y a la informalidad; la emisión indiscriminada a la inflación; el aumento de las tarifas públicas afecta la competitividad y el endeudamiento excesivo determina finalmente la pérdida del grado inversor.

El problema de fondo es que el estatismo asume que la riqueza ya existe, que es fija y constante, y por tanto que solo cabe apropiarse de ella para redistribuirla. Piensa que la economía es un juego de suma cero. No entiende (o no quiere entender, a esta altura es lo mismo) que la riqueza se crea y por eso comete dos errores fundamentales: el primero es que no valora la riqueza creada (descontrol presupuestario y déficit) asumiendo incluso que los problemas se solucionan simplemente aumentando la asignación presupuestal (deficiencia en la calidad de las políticas públicas). El segundo es que no valora a los creadores de esa riqueza (por eso despliega una política tributaria particularmente intensa, sin reparar en cuestiones vinculadas a los costos, a la competitividad de los factores y a la productividad, es decir, a todas las cuestiones vinculadas a la creación de valor).

Cuando aparecen finalmente el déficit, la inflación, el estancamiento, el desempleo y el endeudamiento, el Estado no puede cumplir con su promesa y las cosas se complican seriamente.

Es necesario avanzar hacia un equilibrio que no mate al Estado por inanición (privándolo de sus bases internas de tributación) y al mercado por asfixia (ahogándolo con tarifas e impuestos). Para avanzar hacia un desarrollo sostenible tenemos que liberar fuerzas materiales y espirituales que están dormidas y que el estatismo ha sido incapaz de despertar y potenciar; necesitamos hacerlo incluso para poder solventar los mecanismos de distribución que el país ha construido. Esos conductos de distribución necesitan ahora de mucha agua (léase, riqueza) y por tanto es una necedad no comulgar con los sujetos (empresarios y emprendedores) capaces de traerla o generarla.

No se trata de renegar de lo público. Eso es caer en otra trampa. Eso es disolver el problema no resolverlo. No se trata de “menos” Estado sino de “mejor” Estado. Necesitamos un Estado eficiente y presente. Eficiencia es gestión, límites, control, rendición de cuentas, responsabilidad y transparencia. Presencia es compromiso, descentralización y calidad de las políticas públicas.

En la calidad de las políticas públicas se juega buena parte de su legitimidad y del cumplimiento voluntario de los impuestos. En esa calidad se juega incluso buena parte del desempeño productivo de una economía. La “cantidad” de lo privado depende de la “calidad” de lo público. Esto es lo que los nórdicos saben hace rato y por eso les va como les va.

Por supuesto no hay forma de tener mejor Estado si mantenemos un gobierno que no controla ni se deja controlar, que no repara en la calidad del gasto, que no para de endeudarse, que no escucha a los sectores productivos, que no atiende debidamente la infraestructura del país, que no gestiona bien las empresas públicas, que no descentraliza la salud, que no rehabilita a sus reclusos ni evita que se escapen; un gobierno que no educa, que perpetúa la desigualdad, que no es capaz de proteger a sus ciudadanos, que observa pasivamente que todas las noches miles de uruguayos duermen en las calles, que no entiende que “nada tiene valor si la vida humana no lo tiene” (Simone Weil); un gobierno que no se hace cargo, que acusa de los problemas a la sociedad, a los propios funcionarios, al contexto internacional o "a los protocolos" con tal de no asumir su propia responsabilidad.

Necesitamos mejor Estado, qué duda cabe, pero si lo queremos, necesitamos un nuevo gobierno.

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