Alejandro Lafluf
Alejandro Lafluf

La cigarra y la hormiga

  

Cuando observo lo que ha venido ocurriendo con la Alianza del Pacífico, donde México, Perú, Colombia y Chile, a pesar de la bonanza internacional, no cesaron un instante de fortalecer el comercio entre ellos y de celebrar acuerdos de envergadura (Unión Europea, EEUU) convirtiéndose así en un bloque regional sólido, donde prima la sensatez, el derecho, el comercio y la seriedad y, a un mismo tiempo, cuando miro lo que ha venido ocurriendo con el Mercosur, que no ha podido constituirse en una zona de libre comercio, que no ha podido celebrar acuerdos comerciales relevantes con otros bloques, que subordina el derecho a la política, que pone obstáculos a sus miembros y donde prima la insensatez, la política, el proteccionismo y la soberbia, no puedo dejar de pensar en la Cigarra y la Hormiga.

Esa fábula grandiosa de Esopo que enseña básicamente que uno tiene que aprovechar los tiempos de bonanza para asegurarse contra los rigores de un “invierno” tan futuro como cierto. Y el invierno está asomando. La desaceleración es visible y ya hemos tenido las primeras nevadas. La verdad sea dicha, la fiesta internacional de precios nos hizo mucho daño. Es cierto que nos benefició enormemente y alivió muchas presiones, pero a un mismo tiempo, nos hizo disimular y eludir muchos de nuestros problemas. Nos pusimos a hablar de política e ideología y nos olvidamos que los países no tienen amigos sino intereses; intereses que elegimos ignorar en lugar de reconocer y articular. Los intereses que están en juego en un proceso de integración son demasiado reales e importantes como para no tomarlos seriamente en consideración. Si decidimos ignorarlos esos intereses se convierten en obstáculos para la integración. Si los enfrentamos con inteligencia esos mismos intereses se convierten en oportunidades para la integración.

Dejamos ir al “verano” y como la cigarra solo nos regodeamos con la bonanza, nada más, mientras nuestros vecinos (“la hormiga del pacífico”) no paraban de construir y acordar. Cuando el invierno llegue (y llegará) terminaremos como la cigarra de la fábula golpeando a la puerta de la casa de la hormiga para que nos deje entrar. Y todo porque insólitamente no fuimos capaces de construir una casa propia. Cuando teníamos todo para hacerlo: un mercado de cientos de millones de personas, una lengua común, un inmenso espacio geográfico, cultura democrática, los cuatro climas y todas las reservas y riquezas inimaginables.

Tenemos que aprender de nuestros errores y volver a re-pensar la estrategia de inserción internacional del país. Hacernos cargo. No se trata de los demás sino de nosotros. La responsabilidad de avanzar hacia una inserción internacional exitosa es nuestra. Y somos nosotros los que nos seguimos comportando ideológicamente. Ayer, por razones ideológicas, le dijimos que sí a Unasur; hoy, también por razones ideológicas, le decimos que no a Prosur.

No terminamos de entender que en materia internacional, la clave es el comercio, no la ideología. El problema con Unasur fue que se trató siempre de una entidad “política”. Unasur no fracasó por diferencias ideológicas sino por su naturaleza política. Del mismo modo, Prosur triunfará, no porque existan coincidencias ideológicas entre sus miembros, sino por su naturaleza comercial. Esa es la verdadera razón por la cual Uruguay debe decirle que sí a Prosur. No podemos decirle que no de antemano a un ámbito institucional que reúne prácticamente a todo el Mercosur y a la Alianza del Pacífico. Sobre todo porque esta vez todo parece indicar que la intención es hablar de “comercio” y no de “política”. Por eso tenemos que estar en la conversación y no guiarnos por prejuicios ideológicos. Si luego descubrimos que, una vez más, se trataba de “política”, entonces habrá llegado el momento de abandonar Prosur y buscar otros caminos.

Necesitamos un bloque regional que corrija las asimetrías internas, que aumente el comercio intra-zona, que nos garantice mercados y que promueva la industria (agregación de valor) y el comercio (integración de las cadenas de valor) de tal modo que nos permita revertir la primarización. Necesitamos avanzar hacia una inserción internacional inteligente, que ponga énfasis en lo económico y que nos resguarde de los impactos del sistema financiero mundial. La Globalización solo es buena si nos “enganchamos” a ella de la mejor manera y construimos las salvaguardas necesarias, de lo contrario, esa misma globalización nos puede destruir, o peor, nos puede ignorar.

Estamos en crisis y los pueblos no esperan. Esta vez tenemos que agotar las negociaciones y si fracasan tenemos que volver a comenzar. Más que presidentes vamos a necesitar líderes porque esta vez no se trata de firmar papeles o de organizar reuniones cumbres. Necesitamos que la integración sea real, pero sobre todo que sea comercial, para profundizarla y que se vuelva industrial y poder extenderla así a todos los ámbitos de la economía.

La discusión acerca de si algo es posible o no se torna irrelevante cuando se ha vuelto imprescindible. Y la necesidad de integrarse se ha vuelto imprescindible. La integración es la clave. Y lo es porque en un mundo globalizado las estrategias individuales ya no funcionan. No se trata de abrirnos o de cerrarnos sino de integrarnos. Si no nos integramos fracasaremos, porque cuando nuestros barcos se enfrenten al oleaje internacional naufragarán, y naufragarán de forma trágica, no por haber asumido estrategias aperturistas o proteccionistas, sino por haber cometido el error imperdonable de haber zarpado solos.

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