Alejandro Lafluf
Alejandro Lafluf

La banalización de la política

Hannah Arendt debe ser, sin temor a equivocarme, la intelectual por excelencia del Siglo XX, no solo por su estatura filosófica sino por su compromiso con la verdad.

Cuando se enfrentó al juicio de Adolf Eichmann en Israel, el hecho de ser judía y las atrocidades que se habían cometido contra su pueblo, debió haber pesado y mucho en la joven Hannah al momento de tener que pronunciarse sobre Eichmann. Sin embargo, su compromiso con la verdad pudo más. Y Hannah le dijo al mundo que Eichmann no se había comportado de ese modo por ser un antisemita, incluso fue más allá y dijo que lo ocurrido en Alemania estaba lejos de ser algo excepcional, por el contrario, podía ocurrir otra vez en cualquier momento y en cualquier país. Solamente era necesaria una condición: que los pueblos dejaran de pensar.

De inmediato todos condenaron a Arendt por haberse atrevido a decir semejante cosa. Y era obvio pues todos querían ver en Eichmann al monstruo, nadie podía concebir que semejante monstruosidad no hubiera sido consecuencia de monstruos.

Lo que Hannah quería hacerles entender a todos era que no hay peor monstruo que aquel que no piensa. Lo ocurrido en Alemania no había sido por tanto el acto de personas inmorales. El extremo del mal, el mal absoluto -demostraría Arendt- es consecuencia no de personas inmorales sino de individuos sin moral, de “idiotas morales” y Eichmann lo era, al punto que aceptó su sentencia de muerte con la misma actitud burócrata e indiferente con la que mandó a cientos de miles de judíos a los trenes de la muerte.

El mayor peligro entonces no es la gente mala sino la gente que ya no piensa, o mejor, la gente que no piensa es la que puede llegar a niveles de violencia y de maldad insospechados, pues en ellos hasta el mal se ha vuelto algo banal.

Pensar -para Hannah Arendt- es diferenciar; por tanto la gente que ya no puede diferenciar, separar, distinguir (sobre todo la verdades de hecho de las verdades de opinión) es gente que ya no piensa. Y aquí es donde entra en escena la ideología.

La ideología (no importa si es comunista, fascista, nazi, neoliberal, populista) es un sistema de ideas petrificado cuyo propósito fundamental es anular las diferencias. ¿Cómo? A través de una simplificación total de la realidad.

La ideología divide a la realidad en dos partes: por un lado están los buenos y justos y por otro están los malos e injustos, quiénes son (por supuesto) los únicos y absolutos culpables de todo lo malo que nos ocurre.

Es cierto que Uruguay no llegará a los niveles de violencia de Alemania (no estamos tan ideologizados ni somos tan banales) pero cuidado, no es necesario convertirse en la Alemania de la segunda guerra para que la situación no sea igualmente grave y preocupante.

En efecto, si seguimos avanzando hacia la barbarie, si seguimos dividiéndonos, si continuamos escuchando y creyendo tonterías desde el poder tales como que la política está por encima del derecho (lo que niega en su base al Estado de Derecho -algo particularmente grave en una Democracia-) o que un régimen que niega la división de poderes y la libertad de expresión no es una dictadura, o que un delincuente que asesina a una persona inocente no es culpable sino víctima del sistema, o que un Ministro no debe responder políticamente por el fracaso de una política pública tan importante como la seguridad (dando así una sensación de impunidad que termina permeando hacia el resto de la sociedad) o que la asonada a una Suprema Corte de Justicia es un acto revolucionario a favor de los derechos humanos (cuando a todas luces se trata de un acto extorsivo y delictivo que niega la propia garantía de los derechos humanos representada por el Poder Judicial).

La ideología divide, a la realidad primero y a las personas después. La ideología divide con la finalidad de anular las diferencias, pues al dividirlo todo en dos partes ya no queda espacio para la diversidad. La división inaugura así una lógica de guerra, de amigos y enemigos, una dinámica que termina por generar adhesiones irracionales en uno y otro bando.

La gente deja de pensar y empieza a creer (incluso estupideces). Y para creer no se necesita de ningún esfuerzo. Solo basta saber quién lo dijo. Si lo dijo alguien de mi bando entonces es algo bueno, justo y verdadero, si lo dijo alguien del bando contrario entonces es algo malo, injusto y falso. Esa banalización del discurso lleva a la banalización de la política lo que conduce finalmente a la banalización social. Y cuando esto ocurre la violencia está servida.

Política proviene de Polis. Por lo tanto no debería extrañarnos que la degradación de la Política conduzca a la degradación de la Polis. La degradación cultural que padecemos es el rostro de la banalización política que soportamos. Y después algunos todavía preguntan qué es lo que está en juego este año: Todo…hasta el alma de nuestro país.

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