Alberto Benegas Lynch
Alberto Benegas Lynch

Jean-François Revel

Un personaje de fuste que disfrutaba las playas uruguayas rodeado de buenos amigos tan hospitalarios en esas tierras.

Destacadísimo miembro de la Academia Francesa, columnista de los principales diarios del mundo, Presidente del Instituto de Historia Social de París y profesor de filosofía en diversas casas de estudio francesas y mejicanas. Siendo Rector de Eseade lo invité a pronunciar una conferencia en un acto académico de colación de grados. Prologó muy generosamente uno de mis libros titulado Las oligarquías reinantes, publicado por Editorial Atlántida en 1999.

Muy de vez en cuando surgen aquí y allá personajes de un vuelo intelectual y un coraje moral que todo lo envuelven y que dejan rastros tan profundos en la historia que marcan períodos muy diferentes, en los que inyectan una luz tan penetrante y acogedora que resulta imposible atenuar y mitigar con las mediocridades habituales. Tal es el caso de Jean-François Revel que ha sido un muy destacado ejemplo de conducta íntegra, abierto en su mente a la incorporación de nuevas contribuciones, pero incapaz de claudicar en sus principios liberales de respeto irrestricto al prójimo.

Participé con él en distintos seminarios en diversos rincones del mundo. Disfrutaba de su amena conversación durante sus célebres aperitivos con jerez y jamón crudo y de las largas caminatas en las que siempre nos sorprendía con alguna reflexión aguda y alguna anécdota esclarecedora, las más de las veces rebosante en buen humor.

Sus obras escritas son muy numerosas y exploran múltiples avenidas que ponen de manifiesto una pluma magistral con un contenido de información notable y una erudición pocas veces igualada. Selecciono en estas líneas unos pocos de sus pensamientos para que el lector le tome el peso a este “ciudadano del mundo”, como decían los estoicos. Es apenas una muestra de la formidable producción de Revel pero ilustra su tesón y su capacidad para exponer de modo simple problemas complejos.

No es que coincidamos en todo con lo que escribía este autor, eso no ocurre con nadie. Incluso cuando después de un tiempo leemos algo escrito por nosotros mismos, es frecuente que concluyamos que lo hubiéramos presentado de otra manera. Es que como decía Borges, no hay tal cosa como el texto perfecto y, citándolo a Alfonso Reyes, repetía que “si no publicamos, nos pasaríamos la vida corrigiendo borradores”.

Manos a la obra entonces con las anunciadas muestras en las que por razones de espacio solo me detendré en la primera de las obras mencionadas. En El renacimiento democrático Revel se pregunta y responde “¿Cómo extrañarse que excepto los liberales todos hayan mantenido que ninguna actividad puede desarrollarse plenamente sin auxilio del Estado, es decir, sin la ampliación de su propio papel?”, esto es así debido a que todos los autoritarismos comparten “el único sentimiento que produce la unanimidad de todos los partidos y en todos los partidos: el odio salvaje que alimentan contra lo que denominan con horror ‘individualismo’. Esa palabra designa para ellos la pesadilla suprema”. Y concluye que la perversión de la democracia, la que no respeta el derecho de otros, conduce a que “puedan existir poderes democráticamente elegidos que devoran a la sociedad civil, a la libertad, a la diversidad, a todos lo que es privado”.

Se requieren nuevos límites al poder en línea con la preocupación de Karl Popper en La sociedad abierta y sus enemigos cuando critica la noción de Platón del “filósofo rey” y subraya que lo relevante no son las personas sino las instituciones “para que el gobierno haga el menor daño posible”.

El segundo punto a que se refiere Revel en la antedicha cita es la incomprensión manifiesta sobre el significado del individualismo como si se tratara de un régimen autárquico en lugar de lo que es: el respeto irrestricto a las autonomías individuales en un contexto de máxima cooperación social y libertad, precisamente, en oposición a las cerrazones, las culturas alambradas y las prohibiciones de arreglos contractuales libres y voluntarios tal como recomiendan los estatismos.

Por su parte, en La gran mascarada señala que “Estoy de acuerdo en que se me exhorte a que abomine cada día más a los antiguos admiradores de Himmler, a condición de que no sean antiguos admiradores de Beria los que administren esa homilía conminatoria [...]. La analogía no es mía: es de Stalin. Fue el que llamaba a Beria ‘nuestro Himmler’ y fue en esos términos en los que lo presentó al presidente estadounidense Franklin Roosevelt”.

En El monje y el filósofo, diálogo que mantiene con uno de sus tres hijos (el biólogo molecular y monje budista), critica el marxismo y las variantes socialistas como empobrecedoras y antihumanas.

Con creces Revel ha cumplido con su misión de aclarar y difundir a los cuatro vientos las bases de las sociedad libre por lo que se ubica bien alejado de lo que se lamentaba el poeta y que les cabe a tantos distraídos que pululan por doquier exhibiendo una irresponsabilidad superlativa: “Me acusa el corazón de negligente / por haberme dormido la conciencia / y engañado a mi mismo y a la gente / por sentir la avalancha de inclemencia / y no dar voz de alarma claramente”.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados