Alberto Benegas Lynch
Alberto Benegas Lynch

Feminismos opuestos

Hay dos tipos bien diferenciados de feminismos. Uno, el original, es del todo consistente con la tradición de pensamiento liberal y su eje central de respeto recíproco y el otro que la emprende sin miramientos contra el derecho de las personas.

Con toda razón nos repugna y alarma la idea de la esclavitud.

Nos resulta difícil aceptar que se pudiera implantar esa institución a todas luces espantosa, pero a veces se pasa por alto la esclavitud encubierta de la mujer en la época del cavernario machismo.

Contemplemos la situación de un ser femenino que tuviera alguna ambición más allá de copular, internarse en la cocina y zurcir. Imaginemos a grandes personas como Sor Juan Inés de la Cruz que sugirió asistir a la universidad vestida de varón para poder estudiar y que finalmente lo hizo en el convento, acosada por los atropellos de las mentes inquisitoriales de sacerdotes nefastos que no soportaban que sobresalga una mujer. Esto en el contexto de lo que consigna Octavio Paz en su formidable biografía de esta persona excepcional: "La versificación de Sor Juana es una de las más pulcras y refinadas del idioma".

Imaginemos más contemporáneamente a la extraordinaria Sophie School objeto de burlas por ser mujer y por señalar los asesinatos del nazismo en una notable demostración de coraje al distribuir material sobre la libertad en medios universitarios del nacionalsocialismo (fue condenada a muerte, sentencia ejecutada de inmediato para que no dar lugar a defensa alguna). Más cerca aún en el tiempo, imaginemos a la intrépida periodista Anna Politkovskaya, también vilipendiada por ser mujer y asesinada en un ascensor por denunciar la corrupción, los fraudes y el espíritu mafioso de la Rusia después de salir del infierno comunista.

Pero sin llegar a estos actos de arrojo y valentía extremos, la mujer común fue tratada durante décadas y décadas como un animalito que debía ser dúctil frente a los caprichos y desplantes de su marido, sus hermanos y todos los hombres que la rodearan.

Han sido vidas desperdiciadas y ultrajadas que no debían estudiar ni educarse en nada relevante para poder hundirlas más en el fango de la total indiferencia, embretadas en una rutina indigna que solo resistían los espíritus serviles. En otro plano, debe subrayarse de modo enfático el horror de la cobardía criminal más espeluznante y canallesca de abusos y violaciones.

En realidad, dejando de lado estas últimas acciones delictivas y volviendo al denominado machismo, los acomplejados sienten que pierden posiciones o son descolocados si se le diera rienda suelta a las deliberaciones del sexo femenino. En verdad son infradotados que solo pueden destacarse amordazando a otras.

Lo dicho para nada subestima al ama de casa cuya misión central es nada menos que la formación de las almas de sus hijos, por cierto una tarea mucho más significativa y trascendente que la de comprar barato y vender caro, es decir, el arbitraje.

La valiente Mary Woollstonecraft en 1792 describió el feminismo original en A Vindication of the Rights of Women. Pensemos en lo que significaba escribir y publicar en esa época en medio de la más enfática condena social. A esta línea reivindicatoria adhirieron muchas figuras de muy diversa persuasión intelectual desde las liberales Isabel Paterson, Rose Wilder Lane, Voltarine de Cleyre y Suzanne LaFollette.

En todo caso, esfuerzos en diversas direcciones para que se reconozca un lugar digno a las mujeres se desperdician malamente, ahora a través del inaudito "feminismo moderno" que confunden autonomías individuales con la imposición de esperpentos de diversa naturaleza y cuotas en instituciones académicas y en lugares de trabajo que naturalmente desvirtúan y perjudican los centros de estudios y los mercados laborales ya que no pueden elegir candidatos o candidatas por grados de excelencia o eficiencias sino por sexo, lo cual, entre otras cosas, degrada a la mujer.

La tontera ha llegado a extremos tales que se ha propuesto que la asignatura history se denomine herstory y otras sandeces por el estilo que convierten el genérico en una afrenta, contexto en el que las nuevas feministas además consideran la función maternal como algo reprobable e indigno.

Comenzó esta tradición Anna Doyle Wheeler quien estaba muy influenciada por Saint Simon y mucho más adelante siguieron Clara Fraser, Emma Golman, Donna Haraway y Sylvia Walburg quienes aplicaron la tesis marxista de la opresión a las reivindicaciones feministas y sostienen que la propiedad privada constituye una institución que debe abolirse tal como lo patrocinan, por ejemplo, la Chicago Women´s Liberation Union y los movimientos de liberación femenina en todos los continentes pero iniciados por Betty Friedan, Audre Lorde y Cherrie Moraga.

Carlos Grané en El puño invisible escribe que Luce Irigaray mantiene que "la ecuación de Einstein de e = m.c2 [la energía es igual a la masa por la velocidad de la luz al cuadrado] es machista. ¿La razón? Privilegia la velocidad de la luz sobre otras velocidades igualmente vitales para el ser humano.

En jerga ´feminista´, esto significa que la ecuación de Einstein fomenta la lógica del más rápido, lo cual responde a un típico prejuicio machista".

Es de esperar que se retorne al feminismo original y se abandone la impostura de quienes, además, son a veces golpeadoras tal como se puso en evidencia en la reciente marcha en Buenos Aires cuando unos muchachos intentaron limpiar inscripciones soeces que las manifestantes habían pintado en la Catedral.

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