Alberto Benegas Lynch
Alberto Benegas Lynch

Más sobre el consumismo

Hay mucha tela que cortar respecto al consumo. Por una parte hay quienes sostienen que debe alentarse el consumo para reactivar la economía al mejor estilo keynesiano.

Esta receta pasa por alto que si nos concentramos en consumir no solo no se estimula la actividad económica sino que desaparece ya que todo se consume.

Para realmente progresar se debe en primer lugar ahorrar, lo cual significa invertir que es inexorablemente el destino de los ahorros. Incluso en el caso extremo de ahorrar bajo el colchón significa que se está invirtiendo en dinero, situación que se traduce en una menor masa monetaria que contra una igual cantidad de dinero hace que los precios bajen, lo cual, a su vez, traslada poder adquisitivo más elevado a los demás.

No es posible consumir aquello que no se produce y, como queda dicho, la mayor producción se debe al binomio ahorro-inversión. Ese proceso hace que las tasas de capitalización aumenten, que es el único factor que permite que los salarios e ingresos en términos reales se eleven. Esa es la diferencia entre países ricos y países pobres.

No entiendo el razonamiento de aquellos que de a ratos insisten en que la pobreza material es ponderable, mientras que en otros momentos la condenan. Lo que sí debe subrayarse es que la inmensa mayoría de los pobres del planeta quieren salir de esa condición lo más rápido posible. Y para lograr ese cometido deben respetarse los derechos de propiedad y los consiguientes mercados libres y competitivos a los efectos de abrir de par en par la energía creadora. En este contexto es que los que mejor satisfacen las necesidades del prójimo obtienen ganancias y los que yerran incurren en quebrantos.

Ahora viene un asunto de la mayor importancia relacionado con las quejas por el descarte de bienes en lugar de arreglarlos y remendarlos. Esto se debe a que las sociedades abiertas otorgan mucho más valor al ser humano que a la materia. Al elevarse los salarios resulta de más provecho renunciar al bien que se descompone y adquirir uno nuevo en lugar de recauchutarlo, precisamente debido a los elevados salarios. Antes era mejor componerlo debido a que los salarios eran bajos, lo cual aún ocurre en regiones y países pobres donde refaccionar y volver a refaccionar es barato como consecuencia de salarios miserables.

Por otra parte debe destacarse que esos descartes no lo son del todo ya que los reciclajes afloran, por ejemplo, los metales y los plásticos de las computadoras y ya que mencionamos el plástico, las botellas de ese material sirven para fabricar suelas de zapatillas de alto rendimiento y así sucesivamente.

Por supuesto que si se le atribuye más importancia al consumo de bienes que al alimento del alma, la degradación es segura pero en una sociedad moderna para nada es incompatible el progreso espiritual con el progreso material. De ello dan cuenta los conciertos, los museos de arte, la publicación de libros de peso, las universidades y centros culturales en países libres, todo lo cual no existe en medio de la miseria. La tasa de interés libre de manipulaciones gubernamentales es lo que refleja la relación consumo presente-consumo futuro.

Es cierto que se trata de un tema de prioridades pero lo que se observa con alarma son los demagogos que pretenden usar a los pobres en provecho propio al efecto de ganancias electorales a costa de los demás.

No debemos dejarnos embaucar por los cantos de sirena de los aprovechadores de la pobreza y apuntar siempre a colocar la vara lo más alta posible.

Días pasados estuve escuchando un relato de Martín Caparrós, que independientemente del hecho de no estar cerca de la tradición de pensamiento liberal, contó algo que puede aplicarse al tema de la vara que acabamos de mencionar.

Contaba en esa oportunidad este escritor que hace tiempo cuando se encontraba en Níger en un pueblito muy pobre se encontró con una señora en una situación de extrema miseria. En esa ocasión le propuso que hicieran un ejercicio imaginario: supongamos, le dijo, que en este acto apareciera un mago que puede satisfacer cualquier requerimiento que le haga, ¿que le pediría? La aldeana luego de meditar un instante replicó que "le pediría una vaca".

Frente a esta respuesta su interlocutor volvió sobre el asunto enfatizando que podía pedir todo lo que se le ocurriera al supuesto mago, ya que estaba en condiciones de satisfacer las demandas. La señora volvió a tomarse unos minutos y dijo que entonces "le pediría dos vacas".

Caparrós concluye con razón que cuando la miseria es muy grande hasta se pierde la capacidad de desear. Eso es justamente lo que quiero subrayar en esta nota, la incapacidad de desear que demuestran los que se conforman con poco de los sistemas políticos y en lugar de reclamar y demandar respeto a los derechos de cada cual en un contexto de libertad en cada uno de los rubros que son diariamente avasallados por el Leviatán del momento, se contentan con navegar en el vasallaje que imponen los aparatos estatales.

En lugar de contar con gobiernos que protegen y garantizan derechos, lo atropellan.

El resultado indefectible son impuestos insoportables, deudas públicas astronómicas y manipulaciones monetarias asfixiantes que financian gobiernos elefantiásicos cada vez más alejados del establecimiento de climas de seguridad civilizados y una justicia independiente y eficaz.

A esta altura del siglo XXI no es posible continuar con la cantinela que recitan megalómanos del poder al manejar prepotentemente las vidas y las haciendas ajenas.

Cada vez más se observa en el llamado mundo libre el renunciamiento de libertades básicas y no es cuestión de reemplazar la democracia con cleptocracia, es decir, gobiernos de ladrones de libertades, propiedades y sueños de vida. Como ha escrito Juan González Calderón, los partidarios de una mal llamada democracia de los números ni de números entienden, ya que parten de dos ecuaciones falsas: el 50% más el 1% es igual al 100% y el 50% menos el 1% es igual al 0%.

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