Agustín Iturralde
Agustín Iturralde

La urgencia no es solo el COVID

Estamos en un experimento social que cambió bruscamente nuestros hábitos de vida y que tendrá consecuencias de todo tipo que recién estamos empezando a ver.

Ya tendremos tiempo y perspectiva para ver cuánto de este shock genera cambios permanentes y cuánto serán simplemente recuerdos de una coyuntura excepcional. Mientras tanto hay que prepararse para el día después, para la nueva normalidad o para como queramos llamarle. Atender esta urgencia no puede significar olvidarnos de las urgencias que ya teníamos en Uruguay.

Desbordados por este clima de excepción hoy nos parece que todo lo malo empezó en este país el viernes 13 de marzo cuando se confirmó el primer caso positivo de COVID-19. Sin embargo saliendo mínimamente del bombardeo actual vemos que Uruguay tenía grandes desafíos antes del estallido de esta crisis sanitaria, económica y social. De hecho, el proceso electoral de 2019 manifestó la voluntad de una mayoría popular de hacerlo.

La situación de la economía no se va a solucionar cuando termine esta pandemia. El deterioro de los niveles de inversión y del mercado laboral es fruto de problemas importantes de competitividad. Recientemente conocimos datos que muestran el impacto de esto en la vida de las personas como son el mayor desempleo en 12 años y la confirmación de un leve aumento de la pobreza en 2018 y 2019. Podemos esperar a que la soja vuelva a valer 600 dólares por tonelada, pero no parece la estrategia óptima. Debemos intentar recomponer la competitividad, la inversión y así el empleo. Esto ya era urgente para muchas personas sin empleo antes del 13/3, hoy lo es más.

En cuanto a los niveles de criminalidad tampoco parece que podamos olvidarnos fácilmente de los problemas que teníamos antes del COVID. En 2019 Montevideo fue la segunda capital con más homicidios de América del Sur, solo después de Caracas. Reducir todas las violencias que aumentaron mucho más allá de lo razonable es imperioso.

Si todas las vidas son tan valiosas no parece razonable que veamos esta realidad sin ningún sentido de urgencia.

Si nos vamos al terreno educativo tampoco hay dudas que los problemas son graves y previos a esta coyuntura. Tenemos niveles de egreso de la educación secundaria vergonzosos. La desigualdad educativa en nuestro país es mucho más profunda que la desigualdad de ingresos. Estos días se puso de moda decir que la pandemia acelerará el cambio tecnológico, menos aún podemos tener algún grado de pasividad. Es crítico y urgente reformar el sistema educativo.

¿De verdad el planteo de algunos es no avanzar con ninguna otra agenda mientras dure la pandemia? Sin entrar a considerar el instrumento de la ley de urgencia, parece demencial que se intente instalar que lo único urgente que debemos abordar es la crisis sanitaria del COVID. No tiene ningún sentido lógico. La vida de las personas también dependen de tener un empleo, de recibir una educación moderna y de no estar sometidos a niveles de violencia altísimos en cualquier comparación internacional.

Nada de esto se solucionará con el fin del COVID, mejor nos remangamos para que ese final nos encuentre mejor que su llegada.

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