Agustín Iturralde
Agustín Iturralde

Ni tanto ni tan poco

El “modelo chileno” fracasó y no tiene nada de bueno para mostrar? Decididamente no es así. Lo que Chile hizo desde la recuperación democrática, es uno de los avances sociales más impresionantes de los que América Latina tiene registro.

¿Eso quiere decir que el malestar social es ficticio? ¿Que en las protestas solo hay agitadores profesionales o niños mal criados? En absoluto. La sociedad chilena, más rica y educada, es mucho más consciente de las inequidades existentes, que en 1990.

Esta revuelta social, que se disparó hace un año y parece estarse saldando con un importante consenso en la necesidad de una nueva constitución, no es la primera que ocurre luego de un período de progreso económico y social. El mayo francés también llegó cuando la economía se frenó, luego de un período de prosperidad. Nuestra convulsionada década del 60 también se daba en un país con indicadores sociales muy buenos en términos relativos. Pocos años después de habernos sentido los mejores del mundo, estábamos absolutamente desnorteados sobre el rumbo a seguir.

Más que de fracaso, hablaría de las limitaciones del “modelo chileno”. No son discutibles las enormes mejoras en el bienestar absoluto en estos 30 años de democracia. Cuando se fue Pinochet la pobreza era de un 68%, hoy está en el 9%. Las mejoras en el acceso a electrodomésticos, en la esperanza de vida o en la generalización de la enseñanza secundaria, son imposibles de ignorar.

Los problemas que hoy más se señalan en Chile ya estaban ahí. Las mejoras en la prosperidad permiten verlos con mayor claridad. ¿O alguien cree que el clasismo y la desconexión de la élite son consecuencia del “neoliberalismo de estos 30 años”? La sociedad chilena tiene desde su origen una composición mucho más vertical que la nuestra. Ahora, las nuevas clases medias chilenas están demandando un lugar mejor en la arquitectura social. Estas personas son más urbanas, educadas que sus padres y, razonablemente, tienen mayores aspiraciones. Mientras la economía crecía, estas tensiones quedaban disimuladas, pero el estancamiento actuó como detonante de este malestar.

Chile sigue siendo un caso de estudio por demás interesante. Un caso de reformas que generaron una transformación muy significativa en pocas décadas. Parece razonable que se termine el mito de Chile como un modelo sin fisuras, pero lo que no parece razonable es sostener que todo lo ocurrido fue malo.

El llamado de atención es para países con una desigualdad similar y que están logrando crecimiento y estabilidad económica, como Perú o Paraguay. Deberían tomar nota de los límites y tensiones del crecimiento económico, sin una inclusión real y simbólica de las nuevas clases medias.

En el caso de Uruguay debemos ser mucho más cautos con las comparaciones por las obvias diferencias sociales históricas. Es probable que Chile deba intentar imitar a Uruguay en la generalización de la protección social de las personas. Pero no olvidemos dos cosas; primero, Chile viene de mucho más atrás, fue históricamente más pobre y desigual que nosotros. Segundo, con todos sus problemas, tienen algunas cifras para envidiar (más del doble de jóvenes terminan secundaria). Ni tanto, ni tan poco.

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