Agustín Iturralde
Agustín Iturralde

Mucho más que un resiliente

Mucho se dijo estos días sobre las virtudes de Jorge Larrañaga. Su resiliencia, su capacidad de diálogo y su frontalidad fueron quizás las virtudes más destacadas. Sin embargo creo que hay dos elementos claves que no fueron suficientemente subrayados estos días.

Primero, Jorge Larrañaga fue un político exitoso. Es cierto que su vocación presidenciable le fue esquiva, y que en desde 2009 sufrió duros golpes en las internas partidarias. Sin embargo me parece una lectura muy parcial e injusta de su trayectoria, llegar a la Presidencia de la República no puede ser el único indicador de éxito en un político.

Si ponemos tan solo un poco de perspectiva rápidamente podemos ver que se trata de un político que logró casi todo lo que se propuso. Con tan solo 33 fue electo intendente y reelecto (por amplio margen) con 38. Hasta ahí era uno más de los tantos intendentes exitosos, uno muy joven por cierto.

Pero lo sobresaliente de su trayectoria fue su capacidad de pasar a la política nacional con tanto éxito. Son muchos los intendentes extremadamente populares en sus pagos que intentan escalar su éxito en la política nacional; en la inmensa mayoría de los casos fracasan. La figura de Jorge Larrañaga es casi la única excepción: en 1999, terminando su segundo período como intendente, fue electo senador y desde entonces se convirtió en una figura central de la política nacional.

Esto sin mencionar que fue precandidato a la Presidencia del Partido Nacional en cuatro elecciones, en tres de ellas de forma muy competitiva. A pesar de solo haber ganado una vez, otras dos veces terminó siendo el candidato a la vicepresidencia. Además fue el líder de un sector que mantuvo una gran representación en todos los niveles de gobierno durante más de 20 años. Se trata del líder wilsonista con más permanencia en el Uruguay posdictadura y, sin dudas, del político más importante del Partido Nacional sin contar a quienes llegaron a ocupar la Presidencia de la República.

Segundo, la otra gran virtud que creo no fue suficientemente destacada es la capacidad de Larrañaga de conectar con las personas, en especial con la gente sencilla. La principal función de los políticos no es gestionar, escribir ensayos intelectuales o redactar proyectos de ley. Lo más importante que tiene que hacer un político es representar, cuando esto falla la democracia misma empieza a tambalearse. Si la ciudadanía no siente que hay políticos que la interpretan razonablemente bien no tardará en descreer del sistema todo.

Nunca fue un líder que generara especial entusiasmo en los ambientes intelectuales o académicos, era entre la gente sencilla hablando de los problemas cotidianos donde se lo veía como pez en el agua. El magnetismo de su personalidad era notable, una persona muy especial que tenía “lo que no se compra en la farmacia”. Creer que esto es una frivolidad es un error enorme, la democracia misma descansa en este tipo de personas que logran interpretar voluntades y representarlas institucionalmente. Larrañaga era un político en el más importante de los sentidos.

Adolfo Garcé es quizás quien mejor ha explicado la suerte que tenemos de vivir en un país con políticos populares, lo importante que es esto para el país. No hay democracia fuerte sin políticos como Larrañaga.

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