Agustín Iturralde
Agustín Iturralde

La peor versión del otro

Pocas cosas más cobardes que elegir discutir con la peor versión del adversario. Revela el temor de exponerse al verdadero, que generalmente es menos malo y suele tener parte de razón.

“El comunismo es cuando yo me compro el mejor reloj y a un comunista se lo roban, ahí es cuando comienza a defender la propiedad privada.” Esta fue la respuesta de una concurrente de la enorme manifestación del pasado lunes 17 de agosto en Buenos Aires convocada “por la República y la libertad”. La intervención se viralizó por lo ridícula y sin sentido.

Sin embargo, mucho más preocupante que una ciudadana anónima bastante desorientada, es pretender que las miles de personas que salieron a manifestarse eran todos dementes que no tienen idea de lo que reclaman o quieren la desgracia del país. Gente desequilibrada o tonta hay en todas las marchas, partidos o causas. En esta en particular había muchos. Pero polemizar con el adversario en base a su más pobre y caricaturesca versión no tiene ningún mérito. Es una estrategia que nos evita ser verdaderamente desafiados.

Un recurso similar utilizan algunos militantes antifeministas. Existen intentos por extrapolar a todo el movimiento feminista comentarios de exponentes minoritarias, infantiles o violentas. De ese modo se evitan confrontarse con verdades potentes que el movimiento está poniendo en la mesa y que están cambiando patrones sociales a una gran velocidad.

En Uruguay, como en tantos otros temas, vamos un poco más lento pero no debemos descuidarnos. El cambio de gobierno tiene desconcertados a unos cuantos que no logran adaptarse a su nuevo rol. Algunos, en ese desconcierto, se autoconvencen que el adversario es aquello que les queda cómodo que sea. Toda su energía no está en disputar políticamente con el adversario verdadero, sino con uno mucho más maligno pero muy minoritario o directamente inexistente.

Esta lógica me recuerda a una columna de García Márquez sobre el Plebiscito del 80 en Uruguay titulada “El cuento de los Generales que se creyeron su propio cuento”. El Premio Nobel de Literatura decía que los militares se creyeron sus propias mentiras porque les eran confortables. Según García Márquez, los militares confundieron represión y censura con unanimidad y paz y “absortos en su propio perfume” promovieron un plebiscito en el que fueron derrotados.

En este caso son los algoritmos de redes sociales, y no la censura, los que tienen absortos a unos cuantos. Pero pobres de ellos si creen que es una estrategia razonable: nada bueno sale de negar la realidad. Si no pueden, o no les interesa, limitar esta autocomplaciente demonización del adversario por honestidad, o por el bien del debate público, será la realidad la que ponga orden.

Vivir combatiendo una caricatura maligna del adversario puede ser regocijante para un adolescente que necesita sentir superioridad moral. Pero cuando se es un actor público, ayuda poco. Algunos promueven esas lecturas maniqueas de la realidad por puro maquiavelismo, porque creen que es la forma de acumular políticamente. Pero los más preocupantes son los que realmente creen estar protagonizando una batalla final entre el mal y el bien. Con esas interpretaciones es casi imposible dialogar.

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