Agustín Iturralde
Agustín Iturralde

Abrazar el riesgo

La noche de la nostalgia dejó los que espero sean los últimos intentos por restringir genéricamente actividades. En redes sociales se vieron varios cuestionamientos a que se hubieran habilitado fiestas (con protocolos). Creo que se trata de un enfoque muy equivocado.

Una persona decía algo así como “estamos muy cerca de derrotar la pandemia, no es momento de permitir este tipo de celebraciones. Nos vamos a arrepentir”. Sonaba elocuente y razonable, y no tengo dudas que es un planteo totalmente bienintencionado. Pero creo que no visualiza correctamente el desafío.

Claro que hay un riesgo, y es probable que las celebraciones del 24 de agosto tengan algún impacto sanitario, como casi cualquier actividad que hagamos. ¿Por qué todos los inviernos no paramos el mundo a la espera de que baje la incidencia de la gripe? La respuesta parece obvia, la sociedad es un sistema complejo en el que todas las cosas inciden de forma no lineal. Frenar el grueso de la vida económica y social tiene consecuencias tremendas. No se puede congelar el mundo y pensar que el bienestar, material y espiritual, de las personas no sufrirá. En esta pandemia contabilizamos más o menos bien el daño sanitario, y con menor precisión el económico; pero aún no tenemos ni remota idea del daño social, emocional y educativo ocasionado.

Gracias a la vacunas, que están disponibles en Uruguay como en casi ningún otro país del mundo, este virus se parece ahora mucho a cualquier otro virus. No tiene una incidencia ni una mortalidad excepcional. Algunos se enferman pero muy pocos desarrollan cuadros graves, como con otros virus.

El miedo es muy humano, a pesar de su mala prensa es uno de los instintos que nos ha permitido sobrevivir durante cientos de miles de años. Pero la racionalidad es el gran diferencial de nuestra especie. No es racional seguir frenando genéricamente actividades. Dadas las características de nuestras fronteras no es real asumir que exterminaremos el virus.

Quiero hacer dos menciones adicionales sobre estas posturas. Primero, no puedo dejar de notar que su incidencia es mayor en personas de mayor edad y con ingresos sin riesgos por el impacto económico de la pandemia. Los jóvenes, y los que salen todos los días a ganarse el peso en la calle, hace tiempo entendieron la complejidad del prohibir. Segundo, la realidad muchas veces pasa por encima las reglas de los burócratas. Cuando a mediados de marzo de 2020 Uruguay entró en la etapa más restrictiva de la pandemia, la gente ya paró su movilidad y exigía que los demás lo hagan. Ahora sucede lo contrario, de hecho la última encuesta de Equipos consultores muestra que una gran parte de la sociedad (especialmente los jóvenes) volvió a tener interacciones sociales casi normalmente. Las políticas deben buscar la mejor forma de gestionar la realidad sin sobreestimar su verdadera capacidad de incidencia sobre la misma. ¿Alguien cree que no iban a haber fiestas si no se habilitaban?

En las actuales circunstancias debemos seguir abriendo. El desafío es abrazar un riesgo moderado y racional. No estamos a salvo completamente del covid como no lo estamos de casi nada.

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