A contramano

LEONARDO GUZMÁN

Que el Día del Patrimonio se consagre este año a homenajear a Carlos Vaz Ferreira, quien, por ilimitada vocación de claridad, pasó de pedagogo a filósofo y de abogado a inspirador de la sensibilidad pública por encima de tendencias, es absolutamente justo.

Lástima que, además de rendirle tributo en su cincuentenario, en los hechos se esté olvidando tanto de lo que él sembró.

Si hay algo que quiso Vaz Ferreira fue que el hombre común aprendiera a pensar.

Publicaba libros -más hablados que escritos, al decir de Unamuno- para suscitar la inquietud más allá de los encasillamientos, las carreras y las especialidades.

En ellos, su interlocutor no era el filósofo sino el hombre de la calle.

Sí: sus destinatarios eran los curiosos comunes, en quienes buscaba incentivar la sensibilidad no para hacerlos contemplativos sino diligentes en la vida de todos los días, llevando la teoría a la práctica y haciendo sentir que los principios valían como "experiencia a cuenta". ¡Por algo fundó la vieja Facultad de Humanidades abierta a gente sin grados pero con curiosidad e imaginación! ¡Por algo hasta el fin de sus días quería dar formación científica a las carreras humanistas y base humanística a las carreras científicas!

¿Cómo no sentir que el Uruguay está en deuda con semejante maestro de independencia y grandeza, si, en los 50 años corridos desde que él murió, la población no aumentó pero la enseñanza se nos masificó?

¿Cómo no estremecernos frente a confrontaciones gremiales que son el fruto amargo de la cerrazón de las mentes ante el pensamiento ajeno y del olvido de que no hay que tomar por contradictorio lo que es complementario?

¿Cómo no deplorar que grandes grupos de la República hayan abandonado su tensión hacia los ideales y hayan bajado a una resignación achatada, desde la cual pertenecer al grupo parece mucho más importante que cultivar el pensar crítico?

Lo olvidado en todo esto no es Vaz Ferreira solo sino todo un estilo que enriqueció al Río de la Plata con la enseñanza de José Enrique Rodó, José Ingenieros, Alejandro Korn, Francisco Romero y tantos más. Por encima de los sesgos y militancias que los diferenciaron, todos ellos tuvieron fe en la libertad creadora y fincaron sus esperanzas en mejorar la calidad del pensamiento. Y esa fe y esas esperanzas son lo que hemos ido dejando por el camino.

Hasta hoy.

Porque hoy ya no podemos cerrar los ojos ante la clase de vida que nos estamos echando encima, por aceptar cualquier estornudo como manifestación de la cultura y prosternarnos ante las desgracias del delito atribuyéndolas a procesos sociales o culpas políticas de los otros.

El fondo del asunto es que perdimos la espoleta, el aguijón, el estro educativo que enamoraba de sentimientos e ideas desde los cuales cada uno armaba su manera particular de vivir en común.

Disolviendo los temas públicos en los grandes números, hemos dejado atrás la fragua íntima del pensamiento personal.

Y es así como en el país de la lógica viva, con la que Vaz Ferreira puso la comprensión por delante de la rigidez -mucho antes que en el mundo lo hicieran, a su manera, Wittgestein y Gadamer- baja el nivel de la enseñanza, brotan niños rapiñadores y aumenta la población carcelaria.

Con todo esto a la vista, desde hoy debemos revisar el disparatario que nos trajo a donde estamos.

Y ese será, en serio, el tributo a rendir a la pléyade rioplatense en la cual brilló Vaz Ferreira.

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