La primera versión acerca de la agresión sufrida por Juan Peirano Basso dentro del Comcar, era que ella había sido realizada por dos reclusos que le querían requerir, extorsivamente, cincuenta mil dólares. Pero aparentemente hay más. Mucho más. La agresión habría sido una advertencia lanzada por una organización delictiva integrada por presos, dentro del centro de reclusión, para "venderle" seguridad al procesado recién llegado. Una extorsión que esta organización estimó que le rendiría mucho, durante varios años, tomando en cuenta las expectativas judiciales del caso Peirano.
La herida recibida por Juan Peirano Basso, hecha con un arma que obviamente no debería estar dentro de una cárcel, fue superficial. No por cierto tan superficial como para calificarla como lo hizo la ministra del Interior Daisy Tourné, quien dijo que el examen médico "sólo arroja un rasguño sin penetración", pero sí superficial. Sin embargo, implica mucho, muchísimo más: fue infligida por un sujeto que cabe imaginar que sabe muy bien cómo agredir con un cuchillo y si en esta oportunidad no hizo penetrar la hoja más allá de un centímetro, a la altura del hígado, fue porque no lo quería matar. Sí lo quería intimidar, en procura que accediera a pagar para ser protegido por la patota que lo considera un activo valioso.
En ese orden sí tiene razón la ministra al decir que "no tiene ningún problema" de riesgo de vida. No lo tiene mientras sea una posible fuente de ganancias para los malvivientes.
Nada de esto quiere decir que Juan Peirano Basso no merezca estar procesado. Nada de esto quiere decir que no pueda ser responsable de los hechos que se le imputan.
Pero también es un ser humano que si bien se encuentra detenido, esa detención no corresponde que se convierta en un patíbulo. Y las autoridades deberían sopesar si una persona de su notoriedad, para bien o para mal, debería estar en un centro de reclusión tan expuesto.
El "affaire" Peirano es un tema de primera magnitud en el Uruguay de hoy y sea cual sea su eventual desenlace, no podemos permanecer cruzados de brazos mientras ocurren cosas como lo relatado más arriba.