Bruno Scelza

Por los boulevares

Sabía que no lo podría ver, pero necesitaba expresar mis respetos y solidaridad. Atravesé parte de la ciudad para llegar. Lunes, discretamente soleado: la residencia Suárez lucía majestuosa.

Sabía que no lo podría ver, pero necesitaba expresar mis respetos y solidaridad. Atravesé parte de la ciudad para llegar. Lunes, discretamente soleado: la residencia Suárez lucía majestuosa.

Precisamente por serlo, Matilde Ibáñez -que había conocido a Luis Batlle Berres paseando por esa vereda- la eligió como casa presidencial en 1947, cuando Luis era el presidente que impulsaba el modelo de Industrias Sustitutivas de Importaciones al nivel más alto; el que retomó el rumbo de su tío José al asumir que su deber político era “apresurarse a ser justo”, para amparar al ciudadano.

A los pocos minutos llegué al Palacio Legislativo, el palacio del poder que debía contrabalancear el presidencialismo de nuestras constituciones. Recubierto orgullosamente de más de cincuenta variedades de mármoles nacionales, fue inaugurado en 1925, en el centenario de la Independencia nacional, bajo no pocas críticas al alto costo que ese “Palacio de Oro” -soñado y proyectado por José Batlle y Ordóñez- había demandado. El lujo ornamentaba al Estado en su condición de “escudo de los pobres”.

No casualmente la Plaza 1º de Mayo parece recordarles a los legisladores, desde la vereda de enfrente, el respaldo que el gigante del sobretodo les brindó siempre.

Cerca de la avenida Libertador, por la que continué camino hacia 18 de Julio, se halla la pequeña plazoleta que recuerda a Lorenzo Batlle, el primero de la familia en alcanzar la Presidencia. Le preocupó mucho José, ese hijo que deseaba ser poeta, deslumbrado por París y sus amplios boulevares diseñados por el conde Haussmann, quien no dudó en talar jardines para crear el Bois de Boulogne y el bulevar de Sebastopol.

Años más tarde padre e hijo abrazaron causa común en la revolución del Quebracho, aquella fronda destinada a la vez al fracaso y al heroismo, por atreverse a enfrentar al poderoso Máximo Santos. Los amplios boulevares por los que avanzo son, sin duda, la huella de París en el espíritu del joven José Batlle y Ordóñez, destinado a opacar el nombre de su padre.

Al final del recorrido por la Avenida 18 de Julio, llegué al Obelisco de los Constituyentes, desde el cual, el 27 de noviembre de 1983, avanzó “el río de libertad”, bajo la consigna “Todos juntos por libertad, trabajo y democracia”.

Los partidos políticos tradicionales, que se reconstituían desde el NO del plebiscito de 1980, habían pautado condiciones mínimas para reiniciar conversaciones con las Fuerzas Armadas, obteniendo a cambio un largo silencio. Pasados los meses, fue Jorge Batlle quien propuso realizar un gran acto conjunto de masas, como modo de exigir la celebración de elecciones libres el último domingo de noviembre de 1984.

Finalmente, arribé al Sanatorio Americano. Los periodistas velaban sus cámaras y micrófonos, a la espera del parte médico del día.

Innumerables personas de todas las condiciones sociales y políticas preguntaban por el expresidente.

¿Usted es familiar? -me interroga el recepcionista. Dudé si decirle que quería honrar a una dinastía política republicana; o relatarle las largas charlas compartidas sobre historia uruguaya del siglo XIX; o cuánto le gusta la torta de naranja que se sirve en mi casa a la hora del té; o cuánto afecto le profeso.

Pero simplifiqué: “ciudadana, nomás”.

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