Aquel respeto

Desde que escribo en este rincón de "El País", hace ya unos cuantos años, no creo que haya pasado ningún "16 de julio" sin que recordara la hazaña, hecho señalado y heroico que en Maracaná ocurriera en el año 1950.

Entre otras cosas, con un poco de tozudez y mucho de respeto a la historia, he sostenido que no es verdad la tan reiterada, como errónea afirmación de que si esa final se repetía cien veces Uruguay perdía noventa y nueve.

La realidad enseña, que en 1950 Uruguay y Brasil se enfrentaron en ese país cuatro veces, en tres partidos por la Copa Río Branco y uno por la Copa del Mundo.

De esos cuatro, Uruguay ganó dos y Brasil otros dos.

Es claro que por entonces no éramos tan malos, como la historia futbolera vivida desde 1924, así lo probaba, con ratificaciones en 1928 y 1930 a nivel mundial y no recuerdo cuántas a nivel americano.

Hoy ante un nuevo aniversario de la gesta del 50, para no cansar a los lectores repitiendo argumentos que creemos explican razonablemente aquel triunfo, aportamos la opinión de un periodista brasileño, Joao Máximo, publicada en "Jornal do Brasil" el 10 de enero de 1981 y luego recogida en un excelente libro: ANATOMIA DE UNA DERROTA" de Paulo Perdigo, impreso en Brasil en 1986. Hacía tiempo que Maracaná había quedado atrás.

Según Joo Máximo para comprender la creencia del uruguayo en la fuerza mágica de su camisa es preciso, antes, conocer un poco de la historia del fútbol uruguayo y así lo explica:

"Ese deporte, allá, siempre fue una pasión popular y un fenómeno social asentado en bases muy propias. Diferentes, por ejemplo, de aquellas en que se fundamentó el fútbol brasileño. En cuanto en Brasil las primeras partidas, los primeros clubes o los primeros Campeonatos fueron organizados por jóvenes de una clase media alta, gran parte de ellos con dinero bastante para estudiar en Europa y de allá traer la gran novedad que los ingleses habrían inventado, en el Uruguay el fútbol no comenzó como forma de placer de los biennacidos y sí como un instrumento que los extranjeros usaban para adaptar al hombre del pueblo a sus reglas e intereses.

(...) Los primeros practicantes del deporte, allí introducido alrededor de 1880, eran el operario de la fábrica, el hombre de campo, la gente de los barrios pobres, incluyendo ex-esclavos. Ingleses y alemanes, que allí invertían sus capitales, tenían mucha dificultad en lidiar con los uruguayos, latinos de sangre rebelde, negros orgullosos, mestizos irascibles. Los europeos tenían tanto recelo de que los nativos se concientizasen de las condiciones en que vivían, recibiendo salarios irrisorios —y de que, en función de eso, se organizacen en grupos y pudiesen rebelarse—, que acababan ejerciendo sobre sus empleados una atenta vigilancia. Procuraban controlar sus comunidades, educar convenientemente sus hijos y hasta darles, en forma de diversiones, actividades alienantes. El fútbol por ejemplo. Sea como fuere, extranjeros e hijos de extranjeros de la clase patronal, hombre del pueblo nacido y criado en los arrabales de Montevideo, el uruguayo tomóse, desde chico, con tal pasión el fútbol que hizo de él la propia patria. "La selección nacional es la propia patria", diría José Nasazzi, capitán olímpico de 1924. Después de jugar con los uruguayos en la copa del 54, el húngaro Kocsis declaró: "No eran jugadores de fútbol, eran más soldados defendiendo la patria hasta la muerte".

Memoria gloriosa, creencia en la camiseta, jugar con rabia, todo eso parece estar metido en los uruguayos las vísperas de los partidos" (Anatomía de una derrota —Paulo Perdigo— 1986 pág. 67).

Más abajo de esa transcripción, sin fecha y con mala letra escrita con lápiz de grafo y sin firma, apenas se alcanza a leer: "que nos dure".

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