Antonio Mercader
Antonio Mercader

Los viejos del Frente Amplio

De los tres candidatos a presidente perfilados en el Frente Amplio para las elecciones de 2019 dos de ellos, en caso de ganar, asumirían siendo octogenarios, algo nunca visto en la historia del país. Son José Mujica (nacido en 1935) y Danilo Astori (1940).

De los tres candidatos a presidente perfilados en el Frente Amplio para las elecciones de 2019 dos de ellos, en caso de ganar, asumirían siendo octogenarios, algo nunca visto en la historia del país. Son José Mujica (nacido en 1935) y Danilo Astori (1940).

El otro es Daniel Martínez (1957), quien siendo un sexagenario está considerado como la opción juvenil, lo que muestra la vejez del liderazgo de la izquierda. Recuérdese además que Tabaré Vázquez (1940) terminará su mandato como octogenario, algo sin precedentes en la historia nacional.

Para tener una idea de lo raro que es esto en el mundo político baste recordar que Barack Obama, por ejemplo, acaba de abandonar la Casa Blanca con 55 años. No es casual que un periodista yanqui, que hace poco entrevistó a nuestras mayores figuras de gobierno, diga que los uruguayos “desconfían” de los jóvenes. Puede que eso sea excesivo, pero esa apreciación quizás haga reflexionar a los votantes de la izquierda uruguaya proclives a apoyar a dirigentes añosos.

Si bien el paso del tiempo aporta experiencia y prudencia a los gobernantes también suele minar su tendencia a la innovación y su capacidad de asimilar los cambios (quien esto escribe puede dar fe de ello). De ahí que en la mayoría de las democracias el electorado suele volcarse por candidatos de edad intermedia, de cuarenta o cincuenta y tantos años, y no muchos más (lo de un Donald Trump septuagenario que acaba de asumir es un caso excepcional en la política estadounidense).

La edad promedio es bastante menor en los sistemas democráticos aunque no en los dictatoriales en donde se esclerosan “gerontes” como el dinasta cubano Raúl Castro quien, aunque parezca una broma, anuncia su retiro para un poco antes de convertirse en nonagenario. En esos regímenes ya se sabe que abundan los carcamales aferrados al pasado, cansados de lidiar con la administración, temerosos de lo nuevo y partidarios a toda costa del statu quo que condena a sus países al atraso. Así les va.

La democracia, en cambio, requiere adaptarse a los nuevos vientos que soplan y participar en procesos de negociación constante en donde la ductilidad y el dinamismo son virtudes esenciales. Es cierto que esas condiciones las puede tener un adulto mayor -Konrad Adenauer gobernó bien la Alemania de la posguerra hasta cumplir 87 años estando en el poder- pero eso no es lo más frecuente. Lo usual en las democracias occidentales lo representan dirigentes jóvenes capaces de manejarse con otros bríos y con dominio de las modernas tecnologías.

No hay evidencia científica de que los uruguayos -incluidos los políticos- sean más lerdos en madurar que los naturales de otros países. Por ello, después que trasponen “el medio camino de la vida” (que para Dante Ali-ghieri eran los 33 años) están en la plenitud de sus facultades y resultan elegibles como lo prueba nuestra historia. Es que así como hoy tenemos a uno de los presidentes más viejos del mundo un siglo atrás supimos elegir al más joven, como fue Baltasar Brum, presidente de Uruguay a los 36 años.

Los votantes de izquierda deberían meditar si quieren continuar con esta gerontocracia que según la Real Academia es el “Gobierno o dominio ejercido por ancianos”.

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