Antonio Mercader
Antonio Mercader

Putin y un siglo de bolcheviques

La Rusia de Vladimir Putin conmemorará en el año 2017 el centenario de la revolución bolchevique cuyos efectos signaron la historia del siglo XX y marcaron a fuego la vida de varias generaciones. Por raro que parezca es probable que en las ceremonias oficiales de la revolución de octubre el nombre de José Stalin reluzca por encima del de Lenin, algo que, como veremos, tiene explicación.

La Rusia de Vladimir Putin conmemorará en el año 2017 el centenario de la revolución bolchevique cuyos efectos signaron la historia del siglo XX y marcaron a fuego la vida de varias generaciones. Por raro que parezca es probable que en las ceremonias oficiales de la revolución de octubre el nombre de José Stalin reluzca por encima del de Lenin, algo que, como veremos, tiene explicación.

Pero repasemos primero la historia. Un siglo atrás, tras el derrocamiento del régimen zarista, el grupo revolucionario encabezado por Lenin instaló al partido comunista en el poder, situación que se extendería hasta la disolución de la Unión Soviética en 1991.

La revolución estalló en plena Primera Guerra Mundial con una Rusia desangrada en donde Lenin y los suyos impusieron el evangelio de por Carlos Marx, lanzaron la consigna de “todo el poder a los soviet” y procuraron exportar su revolución al mundo entero. Los ensayos de ingeniería social como la colectivización de la agricultura y la industrialización acelerada causaron la muerte de millones de personas, la pérdida de libertades y el auge de los “gulag” repletos de presos políticos.

Al morir Lenin, jefe de esa epopeya sangrienta, el menos brillante José Stalin se convirtió rápidamente en el líder supremo de la revolución hasta los años 50.

El nombre de Stalin quedó ligado a lo más feroz del aparato político montado desde Moscú para atrapar a una serie de naciones y regiones satélites en lo que se denominaría oficialmente la Unión Soviética.

Stalin no se anduvo nunca con miramientos y aniquiló a cuantos se interpusieron en su camino. Sus sucesores, empezando por Nikita Kruschev, criticaron sus acciones en un ejercicio de revisión que generó largos debates concluidos cuando adoptaron como gran referente revolucionario a Lenin, una adhesión compartida incluso por Mikhail Gorbachov, el político que finalmente abrió los caminos de libertad en el Este europeo.

Pero la historia tiene vueltas imprevistas. Hoy, un siglo después de aquellos fuegos, el hombre fuerte de Rusia, Vladimir Putin, se declara más próximo a Stalin que a Lenin, lo que resulta sorprendente. Según Putin, Lenin construyó una unión de repúblicas a las que les concedió el derecho a la autodeterminación, con lo cual minó desde el origen el proyecto de fortalecer a Rusia. En cambio, Stalin, en la visión putinesca, fue un legitimo heredero de las ideas imperiales del zarismo, un ferviente nacionalista empecinado en forjar “la gran Rusia”, la potencia mundial capaz de encarar a Estados Unidos y, ni que decir, a la vecina China.

La imagen de ese pasado imperial atrae a Putin, quien no practica ni cree en el comunismo (aunque dice que conserva su carné del partido), pero que se atribuye el rol de restaurador de la antigua grandeza del país, consolidado como está en el gobierno con altos índices de aprobación popular. Es indudable que este antiguo agente de la KGB devenido en ambicioso gobernante buscará aprovechar los fastos del centenario de la revolución de octubre de 1917 para consolidar su proyecto expansivo, ése que comenzó con la apropiación de Crimea y amenaza hoy con engullirse a Belarús.

No hay que perderlo de vista y menos ahora que es amigo de Trump.

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